25-12-2009

~ La dorada niña de cabellos oscuros ~


La respuesta es positiva. Sí, eres buena. Muchos lo sabemos. Muchos te apreciamos. Pocos nos damos cuenta de las energías deseosas que tienes por un baño de helado de chocolate. Rico. Por que los helados y los chocolates son sueños. ¿Lo sabías, no? ¿Los recuerdas aún a diario? Si me dijeras que “no”, tendrías que buscar la manera terrenal de traerlos de vuelta aquí, de alguna forma, quizás con el auto estacionado en Brasil, el cual podríamos enchular y ponerle alas. Pero no sé. Complicado. Además sabes volar. Solo te falta la gasolina suficiente para hacerlo. Entonces préndete con lo que te sea necesario. ¿Pero qué será? Recuerda, proyecta, acepta y supera. Bien. Si me dijeras que “sí”, pues solo te diría lo mismo: que vueles no para siempre, sino hasta el final. Hermosas palabras. Inolvidables. Sí. ¿No? ¿Cuál es el problema? El camino es precioso, doloroso, mortificador y enriquecedor. Entonces tendrías muchos ingredientes con los que preparar nuevos alimentos. Van y vienen, sí. A veces las cosas en la vida aceleran el paso y se detienen en medio de un precipicio para dejarte caer solo. Pero no siempre. Otras, simplemente te acompañan silenciosas, como la torrencial lluvia que se hace notar en forma de gota cada unas cuantas semanas. Simple, pero significativo. Y los helados y los chocolates son más que eso.
Qué locos días. Nos asustan. Crecemos con ellos, luego los hacemos crecer y finalmente nos terminan matando. Pero tú y yo sabemos un secreto top top. Sí, pues resulta que hay una manera de lograr derrumbarla. Knock knock. Tú la tienes, la ilusión. Aquellos métodos más salvadores del planeta y muchas otras artimañas que crearás como gran creadora que eres. Por que resplandecen los destellos en tu sonrisa y soplan fuertes los vientos de tu boca. Todos lo notan. Por que no te detendrás a mirar lo que sucede en tu vida y harás algo por ella cada vez que lo permitas. Pocos lo saben. La sencillez de tus acciones, de tu asombro y de tu apoyo han quedado confirmados cierta vez, plasmados en un cielo estrellado por un astro fugaz que pasó sobre nuestras cabezas, aun cuando nos digan que el cielo es demasiado amplio. Sí, pasó para nosotros aquella noche. No lo dudo. Tampoco tú.
Y he aquí el asunto. He apostado con la luna que existías. No me creía para nada. Tan altanera, y aún sin saberlo es musa de infinitos relatos y poemas. Pero es la luz de luna. Después de todo simboliza grandes cosas. Sueños. Pero en fin. No me creía que existías, repito. Cuando le hablé de la dorada niña de cabellos oscuros se sorprendió. Comenzó a reírse y sin esperar momento alguno me desafió. Sí, lo hizo. Me dijo que comprobaría que no existías. Me dijo que comprobaría que existían muchos entes semejantes a tu persona. Me dijo que no había gran diferencia entre ellas. Me dijo que podía revelar, sin necesidad de buscar, a la persona de la que tanto le he hablado. Ya sabes, esos seis, siete u ocho sentidos que posee le dan la habilidad global. Abarca todo. Pero hace tres días que ha comenzado su búsqueda y no hay respuesta. Sé que no te encontrará. Nunca. Por que a simple vista no se descubre todo lo que llevas oculto dentro. Por que es más que gestos y palabras. Es más que máscaras y mentiras. Son momentos y sensaciones dulces y amargas.
Buscará y buscará su luz de luna sin éxito, entre las tantas personas en su mente sin darse cuenta que eres solo una. Fracasará y la llevaré una noche, mientras duermes, hacia tu ventana para que pueda conocerte. Se alarmará. Me sentiré satisfecho por eso. Primero por que comprobaré que la niña dorada de cabellos oscuros no está en otro lado que en el que debes estar ahora tú. Solo ese. Y segundo por que el premio por el fracaso de su luz de luna será un deseo previamente establecido. ¿Y sabes? Lo genial es que no hay problema si se cuentan los deseos esta vez, por que es la luna, y no una estrella fugaz como esa vez. ¿Entiendes? Así que tranquila. Por que cuando observes que el auto con alas llega frente a tu pieza para invitarte a volar sabrás que su luz de luna se ha cansado de buscarte. Y que, por ende, el deseo ya establecido se ha cumplido. Sí, por que quiero asegurarme de que si tu respuesta es un “no”, tengas la herramienta apropiada para continuar tu vuelo. Y claro, si se convierte en un “sí” o permanece como un “no”, tendrás el auto alado de ahí en adelante para fantasear con quien elegirás algún día de compañero. Sí, lo elegirás. Y volarás. Qué emoción saberlo. Por que se me olvidaba decirte que la luz de luna también ve el futuro…

Dedicada a una gran mujer y amiga; puta, bohemia, letrada y rebelde.
Para la dorada niña de cabellos oscuros. Una carta para un futuro desde un pasado.
Y la luna seguirá buscando quizás por cuanto tiempo. Y no puedo hablar de él. Es sorpresa.

22-10-2009

~ Aventura de Otoño ~

Cuando era pequeñito soñaba con una persona completamente distinta a mí. Soñaba con una persona que me mantuviese durante mis saltos como si de un globo me tratara. Es por esa persona por la que me levanto en este momento, abro mis ojos, miro a mí alrededor y comienzo a correr. Una, dos, tres veces salto unos montes que se interponen frente a mi camino, intentando aferrar mis piernas a las hierbas enormes que crecen y se expanden por el lugar. Las esquivo ágilmente, me desprendo de algunas y me recupero para eludir a las oscuras bestias que se interponen entre mis pies y el gran barranco que se presenta. Salto, flotando segundos en el aire, sintiendo el viento golpear mi rostro suavemente, y caigo rodando en el otro extremo donde me espera una tormenta garrafal. No sucumbo. Sigo corriendo, en medio de la oscuridad, viendo luces fugaces que intentan confundir mi camino, y grandes árboles que intencionan bloquear mi viaje. Me pongo unas gafas contra luces extrañas y saco mis mágicos fósforos. Frente a los árboles prendo uno, extiendo el fuego a todos ellos, y comienzan a escapar y revolotear agitadamente mientras me escurro entre sus ramas intentando pasar al otro lado del peligroso camino. El bosque se agita. Salgo. Un sol ilumina mis ojos, me saco las gafas, y veo un hermoso arco iris en el cielo. Corro. El campo se encuentra lleno de flores de múltiples colores y aves por doquier. Sigo corriendo, hasta alcanzar el inicio de las luces coloreadas por la naturaleza, y pidiéndole permiso a los duendes trabajadores del lugar me subo al puente de ilusiones y apresuro el paso encima de él. Rojo, azul, verde, morado, amarillo. Todos acompañan mis pies, mientras observo las nubes sonreír, las personas bajo de mi saludar y el océano en el fondo retumbar. Sigo corriendo, y en medio del camino salto del arco iris para caer en una laguna de agua cristalina que no hace más que purificar mis energías, para continuar luego renovado. Salgo empapado, pero no me importa mientras pueda desafiar al tiempo aceleradamente. Se acerca un tren de pronto y me subo. Esta es la oportunidad. Viaja a la velocidad del sonido, lo que me ayudaría mucho en mi búsqueda, pienso, pero me ahorraría muchos peligros y asombros del camino. Lo decido. Así que me bajo saltando y nado. Nado una y otra vez. Aparece un violento remolino, causado por el rey de las bestias marinas, y me atrapa. Y cuando estaba a punto de ahogarme por haber tomado tan arriesgada decisión, tu mano toma mi derecha y me saca del agua. Aparezco entre tus brazos, bajo un bonito cielo, cercano al océano, arriba de una colina, acostados en el césped, con un arco iris regalándonos ese momento, con un buen sol y grandes árboles rodeándonos. Estaba durmiendo. A tu lado, solo soñando. Pero así llegué hacia ti hoy y cada día. Pasando todas esas aventuras. Por que así se siente cada vez que te veo a lo lejos y se encienden mis ganas de abrazarte fuertemente. Así es cómo vivo cada vez los momentos juntos. Si alguna vez tuviste dudas acerca de qué es lo que siento al tenerte cerca, pues así me siento: como una increíble fantasía de un héroe que ha encontrado un tesoro preciado, luego de peligros e ilusiones, gracias a un milagro de la vida. Te encontré. Me encontraste. Ambos lo somos.

27-07-2009

~ El cuento de los niños soñadores... ~

~ El cuento de los niños soñadores que encontraban en la piedra de su corazón una razón con la cuál podían intentar salvar al mundo de los males violentos de los cielos. ~

Miraban la biblioteca totalmente destrozada a lo lejos. Pensaban en lo peligroso que se había vuelto ir a leer libros. Hasta eso tenían que temer. Por que las estrellas caídas, que no esperan momentos, alegrías y ni siquiera sustos, llegaban dispersas por todo lugar acogedor que se pudiera encontrar en esta tierra. La nuestra. La de ellos. Pequeños, no hacen más que mirar aquel lugar, místico en historias, temiendo de la ilusión que muchas veces esperaron por cumplir, y que ahora aparecía como un lugar más de lamento. No, salvación no hay. No lo hay frente a aquel castigo que proviene de los cielos. Su poder es mayor y sus deseos egoístas. Destruye lo que interfiere con su existencia. Así es, pero esto no lo comprendían, pues solo veían el escenario extraño y novedoso que se volvía aterrador por el grito desesperado de las almas que intentaban escapar o proteger. Y ellos terminaban haciéndolo. Corrían juntos, se protegían el uno al otro, y finalmente se escondían, detrás de una muralla, mirando la biblioteca a lo lejos que hace minutos atrás terminó del todo bombardeada. La biblioteca, aquel portal mágico que los transportaba a nuevas realidades en un abrir y cerrar de ojos. Sí, su padre, que los llevaba a menudo a ese lugar para enseñarles nuevos cuentos de fantasía mágica, había muerto hace minutos atrás intentando protegerlos, priorizando el escape de ellos y el resto de los niños que estaban dentro, quedando finalmente con el último libro que le leyó a sus hijos en sus manos, envueltas en sangre ahora, en llamas, en esfuerzo. Los minutos pasaban y pasaban. Gritos, destrucción, llantos, desesperanza. Y ellos miraban tristes, detrás del muro, asustados, la biblioteca que se alzaba ahora como un lugar más de lo lamentablemente terrenal que los rodeaba…

24-07-2009

~ Alejandro x Valentina ~

*Cuento modificado. Algunas palabras o frases han sido cambiadas o agregadas*


I Uno I

Por que no podemos ya estar juntos. Por que no estaremos más después de hoy el uno cerca del otro. Por eso me paré, tomé mi libro, mi bolso, mi chaqueta, y me apresuré en el pasillo pidiendo permiso, saliendo cuando el pito casi terminaba y la luz roja casi se apagaba. Salí casi cuando partía mi tren. Salí, y al momento de bajar di cuenta de que el marcador de páginas de Mafalda, hermosa tira roja de papel, se me había caído en el impulso.
Algunos se despedían tristes mirando sus rostros en la ventana, algunos permanecían sonriendo al aire, otros no prestaban atención a la situación y conversaban ensimismados en sus palabras y sus miradas mientras el tren iniciaba su trayecto lentamente. Tú caminabas marcando bien cada paso, cabeza agacha, en dirección a la salida de la estación de trenes. Así te vi al bajar, de espaldas a mí y yo sin saber qué hacer. No sabía cómo presentarme ante ti y explicarte lo que había hecho. No podría. Así no podría. Alimenté una idea fugaz en mi cabeza desde el preciso instante en que apareció dentro de mis ideas una posibilidad. Sí, no lo dudé ningún segundo. Corrí, sin parar. Pero no hacia ti. Contuve los ánimos que tenía de estrecharte y corrí hacia la salida intentando que no atendieras a mi presencia. Me alejé lo más posible, por entre las personas me escondí, y salí sin llamar atención alguna hacia fuera antes que tú lo hicieras. Segundos antes. Ordené un poco mi apariencia, revisando los retoques de mi pelo, de mi chaleco y de mis anteojos. Luego, me quedé inmóvil cerca de la entrada a la estación, a un costado de la estatua de arte postmoderno que adornaba la panorámica. Esperé a que salieras para reencontrarnos.

II Dos II

Salías de la estación cerca de las diez de la mañana. Era un bonito día, nublado y cálido. Al verme quedaste pasmada, y yo sin aliento. Estaba todo bien conmigo por lo menos. Te miré, y te encontré bella entre la muchedumbre que se abalanzaba hacia el exterior. Me acerqué y me presenté. Alejandro, te dije. Mucho gusto, señorita. Tomé tu mano y la besé. Tomé tu mentón y te besé en la mejilla. Pasaba por aquí y esperaba que alguien me recibiera cálidamente en mi regreso al país. Hace años que no recorro estas calles. Al ver que no había nadie me he sentido en la libertad de elegir mi acompañante, y qué más adecuada decisión que esta estupenda mujer que reluce. ¿Qué piensas? ¿Tienes algún tiempo para este caballero? Me gustaría pasear. Podríamos ir a tomarnos un café para explicarte más tranquilo toda la historia. Yo invito.
Parecías muy callada al principio, ni siquiera conocía tu nombre, pero en cierta manera tu presencia era muy acogedora. Acordamos ir a tomarnos un café a Huérfanos, y ver allí qué lugar gustaríamos visitar más tarde. Te conté los motivos de mi regreso a Chile luego de diez largos años, y de todo lo que me sorprendí al bajar en la estación y ver los cambios producidos en el lugar que memoraba. Permaneceré solo un mes acá, luego regresaré a Estocolmo a continuar mis estudios y mi vida. Pasaré este mes junto a mi familia que no veo desde que me fui a Europa. Será un tiempo confortable, familiar. Increíble. En ese momento me dijiste tu nombre: Valentina. Sonreíste. Yo también lo hice, y me preguntaste luego acerca de la capital en donde vivía, que qué tal era todo allá. Es muy bonita, te dije. Te conté de sus hermosos lugares urbanos durante la noche, con sus luces y canales de fondo, y de lo pacífico que era caminar por la orilla de la luna a tus pies, con personas y luminarias alrededor. Te hablé del buen café que preparaban en mi barrio, de sus lugares turísticos como el hermoso Museo Nórdico, y de mi anécdota con mi bicicleta y de los dos tipos que me la robaron. Cada vez te soltabas más conversándome de mí y al rato ya se había relajado todo y hablabas de ti. Alejandro y Valentina, suena bonito.
Estuvimos alrededor de dos horas dentro del café. Nos entretuvimos contándonos cosas de cada uno, conociendo partes muy curiosas y divertidas de los dos. Historias puras. Me dijiste que ansiabas viajar alguna vez por Europa, y que los Países Bajos serían un destino seguro si lo llegabas a hacer. Claro, hasta podríamos reencontrarnos ahí si vas un día. ¿Cómo sabes? Sería genial, divertido, toda una experiencia. Yo sería el que te reclutaría, para devolverte el favor. ¿No piensas lo mismo? ¿Prometes visitarme si llegas a ir? Me diste tu dirección y número telefónico y yo, mis datos respectivos. Quedamos en avisar si uno de los dos viajaba alguna vez a Santiago o Ámsterdam. Nos juntaríamos ahí. De seguro andaríamos por cada rincón de la ciudad, revolucionando los boulevards.
Durante la tarde caminamos buscando un lugar dónde almorzar. Seguíamos conversando. Fuimos a un lugar de comida japonesa, la cual extrañamente nunca había probado. Estuvo exquisita. No nos quedamos mucho rato. Salimos, no sin antes proponer la idea de escaparnos sin pagar la comida, riéndonos. Nos propusimos ir a un parque. El San Borja fue nuestro destino. Qué recuerdos. Paseamos, jugamos en los columpios, y me perseguiste intentando quitarme tu bufanda morada que había puesto sobre mi cabeza, rodeándola. Rodamos por el pasto balbuceando al cielo solo incomprensiones, nos mareamos y fingimos nuestra muerte súbita. Qué mal actriz eres. Definitivamente no te contrataría ni para un comercial. Intentaste ahorcarme con tu bufanda, cariñosamente. Nos paramos, caminamos. Parecías emocionada de estar viviendo una locura como esa. Yo igual.
De ahí fuimos al Bellas Artes. Casi nos echa un guardia por ponernos a correr y a reír por las escaleras silenciosas del lugar. Qué desordenada eres. Buenas exposiciones. Salimos y nos pusimos a leer cada nombre de los árboles en el Forestal. Aquí y allá. Qué bonito paseo. ¿Cuál es este? Veamos. Nos recostamos, miramos las nubes moverse poco a poco y las aves revolotear y cantar. Oye Valentina, ¿qué pensaste cuando viste a un extraño como yo acercarse a ti y proponerte que lo acompañaras en su regreso a Santiago? Me dijiste que pensabas que era un psicópata de los malos. Pero que no comprobarías aquello si no intentabas vivir esa situación. Qué mentira, jaja. De todas formas eres muy buena para gritar, así que los ciudadanos chilenos seguramente te hubieran salvado de la muerte. Risas en nuestros ojos. Qué tonteras decíamos. Comenzaba a hacer frío. Hora de abrigarse.
Te abracé. Nos abrazamos. Ahí, en el pasto. Sin importar nada más. Sin preocuparnos por nuestras cosas que estaban tiradas a unos cuantos metros. ¿Y si las roban? Tengo mi sobrevivencia en ese equipaje, mejor las cuidamos. ¿No crees? Dijiste que les pegarías si venían a quitarnos nuestras pertenencias. No lo dudo. Lo harías. ¿Te apetece pasar un divertido momento en un hotel? Pues vamos, a pasar el frío, ¿no? Y partimos juntos.
Antes de dirigirnos en búsqueda de un buen lugar para la noche, paseamos por la estrellada noche santiaguina de luceros urbanos, perdiéndonos entre las calles interiores. Qué romántico todo esto. Como que no encaja bien, pues deberíamos tener un simbolismo mayor entre nosotros para venir aquí, ¿no crees? Te reíste. Sinvergüenza me dijiste. Paseamos rodeando una pileta que había en el lugar. Llegamos a Salvador. Era un bonito espectáculo el de las aguas. Tomamos asiento. Nos divertíamos mirando los chorros salir una y otra vez. Murmurábamos cosas tontas e ironizábamos acerca de la situación romántica de las parejas que apestaban el lugar. Vaya, mira sin pestañear los chorros cuando comienzan a elevarse lentamente. Es genial el efecto. Es cómo “Wuoaaa”, mira inténtalo. Pensaste que estaba loco. Lo hicimos una y otra vez. Wuoaaa. Fue chistoso todo ese momento nocturno. Hermoso. Wuoaaaaaaaaaaa!.
Encontramos un lugar al fin. Decidimos entrar, consultamos y pedimos la habitación 024. Subimos, caminamos, buscamos, entramos. Dejé mi bolso cerca de la entrada, encendí las luces y me dirigí directamente hacia la cama. Me tiré boca abajo, rebotando. Está bastante ideal esto. No tendremos dolores de espalda mañana. Genial. Tomaré un baño. ¿Tú? Bueno, adelante. Te esperaré mientras conozco los detalles de los que disponemos en esta habitación para esta entretenida velada. Picarona. Me paré, escuché cómo el agua comenzaba a caer en la ducha y me imaginé tu cuerpo desnudo, mojado, muy suave. Me acerqué al balcón, y observé la ciudad repleta de estrellas urbanas melancólicas. Qué hermoso cielo, después de todo. Qué hermoso cielo.

Interludio

Y pensar que pronto dejaré de ver esto nuevamente, quizá por cuánto tiempo. Y volveré a la vida que he construido en este tiempo allá. Ámsterdam, qué símbolo de mi madurez. Qué tristeza dejar de pertenecer a un lugar buscando familiarizarse con otro desconocido, tan lejano, de lengua extraña, de tradición curiosa, de formas diferentes. Todo por mí, y por mi bien, por mi tranquilidad. Pero el costo es dejar atrás todo, tu historia hasta hoy. Todo. Dejar atrás a aquellas personas especiales, significativas, de tu vida. Aquellas que le dieron importancias a detalles, a cosas pequeñas, a cosas tontas, dentro de tu día a día. Y aquí estoy. Tratando de salvar todo esto, aunque sea por un momento. Posponerlo como una negación a lo que me espera. Solo por el hecho de que me gustaría llevarme mis memorias concretas junto a mí en el momento en que comienzo a probar cosas distintas. Pero no se puede. No puedo. Por eso tengo que despedirme, como nunca antes lo he hecho, pues será quizás la última vez. La última vez como esta. Sin duda. Lo haré. Terminaré con esto. No lo olvidaré nunca. Es la única forma que tengo para hacerlo, de lo contrario no hubiera podido expresarlo. Y lo sabe, lo comprende. Ella me acompaña en esto. Pues entiende la situación de ambos. Entiende mi camino inevitable a estas alturas.

III Tres III

Abrió la puerta. Se encontraba seca y vestida. No se había duchado. Solo había escuchado atenta pegada a la puerta. Sabía que él se había ido. Lo escuchó salir. Salió del baño. Observó. Caminó hacia la cama. Había un papel amarillo junto a un par de billetes. Lo tomó. Lo leyó. Luego sonrió. Se dirigió hacia el balcón, miró, y cerró el ventanal y las cortinas. Suspiró. El papel amarillo decía esto:

No encontré otra excusa para pasar una tarde más contigo escuchando tu voz. Tenía miedo de proponértelo, y de que aceptaras la tarde incómoda. Fue una gran idea esta, la pasé muy bien, y gracias por alimentar un sueño como el de hoy. Sinceramente te digo ahora lo que no podría haberte dicho antes, a causa del malentendido del momento: ve algún día a visitarme a Ámsterdam si puedes, te recibiré con mucho gusto. Además comprenderás mejor el por qué no pudimos estar más juntos. Me encantaría eso. Atesora los momentos de hoy, recuerda la promesa que hiciste, y sé feliz de cualquier manera. Ahora volveré a mi vida, allá, lejana. Tan distante, pero queridamente amada. Adiós, dejo esta cercanía por un cambio. Ahora quedaré tranquilo, por ti.

De Alejandro para Valentina, su gran amiga y mujer de por vida.

Tomó sus cosas, guardó el papel en su bolsillo, apagó las luces y salió de la habitación. Bajó, y al despedirse del recepcionista este la detuvo y le habló. Señorita, ¿usted es Claudia Salmeron? Sí. Daniel Bascuñán le dejó esto hace un rato. Me pidió que por favor se lo pasara cuando saliera. ¿Habitación 024, cierto? Sí. Era una fotografía, salían dos hombres. Uno de ellos era Daniel. El otro no era un conocido. Ambos tenían buena facha. Sonreían. Dio vuelta la foto, y leyó un pequeño escrito que había. Disculpa, olvidaba entregarte esto y no era recomendable volver. Ya sabes, para no arruinar el final. Decidí darte esta foto donde salgo con él. Te lo dije, no comprenderás esa parte de mi vida hasta que lo conozcas. Lo sabes, así que te esperaré ahí, en Ámsterdam…

17-06-2009

~ 18, XVIII, Dieciocho... 18. ~


No llovía tan fuerte. Caminábamos de regreso a casa por el centro de Santiago, evadiendo a las personas apuradas que buscaban encontrar un refugio o alcanzar su destino con prisa. Yo caminaba tras de ti, viéndote los pies, nada más que tus pies, confiando en el camino que abrirías para mi. Por entre toda la masa de personas siempre encontraba un sendero, un pequeño espacio a un costado del árbol, por detrás de un quiosco, o bajando brevemente de la vereda. Te sostuve de la manga de tu chaleco café durante todo el trayecto, y te asegurabas de que todo fuera bien conmigo mirándome de vez en cuando, de forma fugaz, cuando nos deteníamos esperando a que avanzara el gentío. Luego, todo comenzaba otra vez, y acelerabas el paso que con constancia lograba mantener. Sí, no quería separarme de ti, ni mucho menos quebrar esa travesía de confianza ciega. Mis ojos seguían en tus pies, hasta que tus palabras iluminaban el frío día mientras esperábamos el semáforo.
Aquella mañana sería imposible olvidarla. Tenía diez años, y nuestros padres celebraban su aniversario número veinticuatro. O por lo menos así debería haber sido. Discutían como siempre. Qué aborrecible era esa situación, una rutina exagerada que ya casi parecía estúpida. Comía tostadas, recuerdo, echado en el sillón. Te acercaste, me invitaste a salir y yo corrí a mi pieza a ponerme un gorro, un chaleco y mis zapatillas. Estaba preparado. Iríamos a jugar peleas al centro, me dijiste, y comeríamos algo rápido por ahí. Pasaríamos la tarde fuera de casa escapando del ambiente familiar gastado, molesto y poco acogedor. Crearíamos juntos nuestro momento. Me ayudarías a escapar, eso sí, si yo alguna vez te cedía la mano de la misma manera. Claro, te lo prometí aquella vez, no lo he olvidado, y aun hoy en día lamento no haber cumplido una ilusión como esa. Quién sabe, quizás una oportunidad actual de volvernos a ver pueda resurgir con esa excusa.
Después de la jornada que pasamos juntos, regresábamos. Las seis de la tarde, y la lluvia nos había sorprendido sin protección alguna. No teníamos paraguas, y solo podías contentarte con esquivar ágilmente cada uno de los que se te presentaban para conectarte. Yo miraba perplejo; continuaba siguiendo tus pasos, agarrado a la manga de tu chaleco y de vez en cuando mirando tu cabeza que recibía directamente a la lluvia. Tenía frío, pero mucho más reducido desde que pusiste tu bufanda verde alrededor de mi cuello. Y te detuviste de pronto en una esquina. Te volviste y me miraste. Comenzaste a sonreír y me dijiste si acaso no era divertido mojarse bajo la lluvia, caminar, dar vueltas por el centro. Siempre tan despreocupado de las cosas, me protegías dándome libertad y nuevos puntos de vistas. Siempre fue así. Recuerdo que el viaje a casa se interrumpió por una visita a último momento al cine. No sabíamos qué veríamos, solo sabíamos que iríamos. Corríamos juntos por Huérfanos esta vez tomados de la mano y yo mantenía mi sonrisa mientras las gotas de lluvia golpeaban mi rostro entre el gorro y la bufanda.
Y todo comenzó hace unos momentos, cuando repentinamente mientras caminaba en dirección a la fuente del parque, un niño se me acercó un tanto asustado por detrás y sin aviso alguno se agarró de la manga de mi chaqueta. Me volví, miré su cara de inseguridad, y le devolví una sonrisa. Estaba solo. Le pasé mi paraguas para que se protegiera de la lluvia, tranquilizándolo, y fue en ese instante en que sentí cómo las gotas refrescaban mi memoria. Hermano, cómo olvidar completamente todo aquello. Eran días de gozo, de soledad, de carcajadas y encierros. Eran intensas situaciones, intensas emociones. Y ahora vuelven a mí, cuando observo las luces borrosas desparramadas en el paisaje, y continúan haciéndolo mientras escucho las gracias de la señora que vuelve ahora con su hijo pequeño. Tal como volvíamos nosotros aquel día, ya cansados de jugar, ya cansados de escapar…
El libro que sostenía en mi mano izquierda lo cierro, asegurando la página, y lo guardo dentro de mi chaqueta. El paraguas lo cierro y lo sostengo con la derecha. Camino lento.

28-05-2009

~ Solo bailarines, muchacho ~


Somos humanos, lo sé. Esa es una de las razones de por qué hago todo esto. Creo que pocas cosas en nuestras vidas pueden permanecer inalterables por mucho tiempo. Es muy triste. Todo lo difícilmente construido por las personas es arruinado una y otra vez por nosotros mismos. Ya muchas veces te he dicho que estoy aburrido, desgastado, de tener que soportar todo aquello. Es siempre lo mismo, siempre. A cualquier lugar que vuelva mis ojos veré cómo cruelmente unos son asesinados por el interés benéfico de otros, veré cómo les roban muchas cosas a quienes pocas cosas poseen, veré cómo alguien sufre por no poder estar de la manera que quiere con la persona que ama. Así son las cosas amigo, así lo son y lo sabes. Los asuntos humanos son desilusiones, traiciones, sufrimiento y entre medio algo bonito. Las bombas pasan silenciosas sobre sus cabezas segundos antes de su muerte en la alegría, y la bala que pasó entremedio de los dos árboles en dirección al niño de siete años que jugaba saltando su cuerda frente a su abuela no esperó una reacción evasiva alguna. Simplemente cayó en seco al suelo. Pobres personas, no están involucrados, pero así son las consecuencias de nuestra existencia. Despiadadas, no les importa el resto. Así son nuestros actos, despreocupados, hacemos las cosas por unos pocos, por nosotros y ellos, y no por todos. Nunca por todos. Pues es algo imposible aquello. A lo más nos movemos por grandes ilusiones que nos lleven a concretar el deseo de un grupo. Un nuevo grupo, eso es. La sociedad en sí es algo imposible, una ilusión inventada desde un principio para poder soportarla tal horrenda como es. La sociedad es crueldad amigo mío. Durante estos largos años he luchado por construir y lo he logrado orgullosamente. Son hermosos momentos. Pero la sociedad global está manchada por el espíritu negativo del destrozo de nuestra propia belleza, pues como seres humanos no pensamos para “La Sociedad Humana”. Simplemente creemos ser parte de ella. Creemos en la existencia de maneras que nos lleven a la equidad. Qué ironía. Qué mentira. La más grande de todas. La fantasía más aterrizada. Un día basta para echar a perder el proyecto que un grupo se propuso durante muchos años. ¡Un día amigo! Solo uno y bastó. Tú lo sabes. Tú entiendes mucho. Me conoces.
Advertí la mentira a mi alrededor, la violenta verdad de la humanidad, y ya no resistiré más frente a ella. Intenté creer en algo aun estando en el caos esencial que provocó darme cuenta de la realidad, pero comprobé con el tiempo que no sirve de nada. Tan traumática es la verdad que nos envuelve que aun sabiéndola intenté escapar de ella poniendo fe en una solución, en una nueva ilusión. Es un círculo vicioso amigo mío. Y sabes cómo soy, quiero salir de donde muchos se encuentran. Así soy, y lo cumpliré. Saldré aunque signifique ir a la nada. Seré nada. Me excluiré del monótono baile que desde un principio nos dijeron que haría sentir bien a todos si lográbamos realizarlo. Soy humano, y no un bailarín. Soy humano, y no una coreografía prediseñada. Si no me agrada me retiro. Así como lo hacen muchos, tal cual, creando bellezas o cruelmente destruyendo. Pero así es. El problema de la sociedad es que todos somos humanos y no los bailarines que creemos ser. Todos buscamos concretar nuestra propia coreografía, pero siempre habrá a quienes no les guste, y lucharán contra nuestras formas e impondrán otras. Claro, eso somos. Humanos. Si comprendes en su totalidad lo que conlleva ser uno, lo entenderás. No tengo miedo a decirlo. No me gusta el sueño del baile. Solo sé que me diferencio en la intensidad de mi decisión, pero soy igual que cualquier asesino. Me salgo del esquema por que me molesta algo de él…
Lo único que rescato es que creo haber encontrado la forma de hacer perdurar algo hasta el final. Ese algo se puede lograr con la muerte. No a nivel “social” fantástico, sino a nivel “personal” real. Pues cuando esté en la nada, el recuerdo que te quede de mi persona no podrá ser alterado por cosa mundana alguna. Por nada, sí. Perdurará por siempre la emoción, será lo eterno de tu vida. Será mi gran regalo. La inmortalidad de un sentimiento entre dos personas que viven un momento enriquecedor, a costa de un sacrificio que por sí solo no serviría amigo mío, será lo más perdurable que habré hecho en toda mi vida. Perdóname por la tristeza, pero entremedio de ella se refugiará siempre una ilusión hecha realidad. Luego, vuelve a lo tuyo, demuéstrale ya no a mi persona, por razones obvias, de qué sirve creer. Sobrelleva este regalo eterno, y haz que renazcan flores de él. Vuelve al baile, creyendo aun, y olvídate de todos los que renegaron de una generalidad social por creer en una particularidad humana. Olvídate de mi, menos del sentimiento eterno que te regalé y que nunca se desprenderá. Nunca, ya que no le daré una circunstancia para que se destruya como lo hacen todas las cosas, pues te lo dije… lo volveré eterno.

PD: ¿Podría haber creado otras cosas hermosas a nivel personal? Pues sí, pero recuerda no olvidar lo que te digo: esta es la única manera de que esto no sucumba como todo lo demás. Así lo han hecho los héroes y los mártires, y aun así, socialmente, no han servido de nada…

17-05-2009

~ De piez a cabeza ~


Comienzan arrancándole las piernas brutalmente. La sangre se dispara por el suelo helado como un torrente indomable. Los gritos son como el sonido del mismo infierno, y ya no puedo distinguir entre los de él y los míos. Solo vocifero caos desde mi garganta, y mis sentidos se confunden cada vez que veo frente a mí sus ojos llenos de lágrimas retorcerse de sufrimiento e incomprensión. Esta es mi violenta realidad.
Variadas herramientas utilizan para llevar a cabo sus horrendos actos sobre aquel niño, que vacila entre la preciada conciencia y la cruel mortandad. La sangre se mantiene escurriendo, y su sobriedad comienza a disiparse cada vez más rápidamente. Segundos, son nada más que simples segundos. Luego, vuelven a hacerlo con cada uno de los dedos de sus pequeñas manos. Con un cuchillo. Uno por uno. Un grito cada vez. Más lágrimas, desesperación y locura se dibujan desparramadas como fotografías. Ya no tengo voz para no sentirme impotente. No podría hacer nada más que cerrar mis ojos. Pero si lo hago lo abandono. Y no lo haré. Me quedaré soportándolo, sí. Mientras, terminan con los diez para continuar ahora con sus ojos y sus orejas. Tarde, el niño pareciera ya no reaccionar. Lo hacen por mí. Su sangre sigue saliendo desde sus focos mutilados. Pero ellos no han acabado aun conmigo. Continúan. Faltan sus brazos. Los arrancan lentamente cortándolos con horrendas sierras heladas. Ambos se desprenden. La sangre explota nuevamente. El color de su piel es irreconocible ahora. De pronto su cabeza agachada por la inconciencia es levantada violentamente por uno de los hombres. La mantiene en alto agarrándola desde el pelo. Puedo ver sus ojos desorbitados. No lo creo. El hombre toma un cuchillo y comienza a deslizarlo por su cuello, una y otra vez, mientras se escuchan chirridos entrecortados y gorgoteos aterradores. No sé si toda la sangre que desparramó en esos minutos su cuerpo alcanzó mi rostro. No, ya no puedo recordar tal detalle. Solo veo el rojo fuego por todos lados. Mi alma se encuentra bañada por el sudor del horror y de la tristeza más desagradable. No lo acepto.
Finalmente la amputación se hace efectiva con sus estruendosas risas. Las risas por haber terminado aquel trabajo frente a mí. Las risas por haber asesinado de esa manera a un niño. Hijo mío, no alcanzaste siquiera la brisa de tu noveno cumpleaños. Qué regalo de temporada te he entregado. Perdóname. Mi locura máxima es la prueba. Mi vida. El solo hecho de recordar estas imágenes me arrastra a lo ilógico de la humanidad. De todos. De ellos. Sí, lo lograron. Ya no puedo sobrellevar esto. No puedo volver a mirarte de otra manera que muerto durante las noches. Ya no me dejas en paz. Por eso, por que no aguanto, dejo esto como rastro y me lanzaré. Solo un salto, y listo. Terminaré. Claro, prepararé todo primero en este enfermizo y grisáceo hogar silencioso.

01-05-2009

~ Memorias de una primavera ~

(En estos últimos momentos, frente a él, se me vienen a la cabeza todos sus recuerdos)

Yo era un regalo de parte de ella, y la misma tarde en que él me recibió ellos celebraron juntos su aniversario en casa. Se besaron cerca de mí. Al parecer a él le agradó mucho mi presencia. Dijo algunas cosas mientras me miraba, me acarició un momento, y luego siguió con ella apasionadamente abrazados, conversando, besándose, acariciándose. Ahora se miraban ellos cada vez, olvidándose de mi.
Y así era cada día. Él por la mañana se paseaba por toda la casa, haciendo cosas por uno y otro lado, sin prestarme mayor atención que con sus miradas lejanas de vez en cuando. Esto hasta el momento en que se acercaba a la ventana, en donde me encontraba yo, y junto a su regadera esmeralda me rociaba suavemente con el agua fresca dándome energías. Jugaba un poco con el macetero, acomodando la tierra y, cierto día, me adornó con pequeñas piedras de colores muy hermosas. También puso una flor de plástico naranja cerca de mí, mucho más pequeña obviamente, y la dejo ahí como supuesta compañía. Sin embargo no me acompañaba para nada, y tampoco nos parecíamos las dos. La naranja era de plástico y yo no era para nada falsa para él. Eso me alegraba.
A veces salíamos juntos al patio y me dejaba en una banca, a su lado, mientras él escribía largamente toda la tarde. Yo aprovechaba los rayos del sol para embellecerme. A veces me miraba, sonreía, y continuaba escribiendo. A veces lo llamaba ella, y conversaban unos minutos eternos en donde se demostraban su cariño. La amaba…
Y así fue como poco a poco fui enamorándome de él. Esperaba ansiosamente cada día su presencia. Esperaba desesperadamente que se acercara a atenderme, que su atención estuviera en mí aunque fuese solo por unos minutos. Esos instantes eran solo de él y yo. Ella no se encontraba en medio de nosotros. Él me acariciaba, me miraba, me cuidaba. Y yo cada vez anhelaba más su compañía. Y él, desde que su amada un día partió, anhelaba estar con ella cada segundo adicional que transcurría. Y lloraba junto a mí.
Y lo decidí. Yo no era una persona. No podía abrazarlo como otras veces lo hacía ella. Y cuando lloraba mientras leía sus cartas y veía fotografías, yo me desintegraba por dentro. No podía ayudarlo, no podía hacer nada. Y además me estaba haciendo daño a mi mismo. ¿Cómo olvidaría eso? No podía escapar tampoco de su presencia. Y lo único que se me ocurrió fue sucumbir frente a mi propia condición de flor: marchitarme.
Desde hace días atrás que me abstengo de que mis raíces absorban su agua. Me resisto a aprovechar del todo la luz del sol. Y cada día me siento más y más decaída. Mi hermosura disminuye junto con mi energía vital. Y pronto ya no viviré más para verlo. Estoy muriendo. Y pareciera que a él le apena mi situación. Se pone muy triste cuando me ve así. Pero yo sé que no es por mí. Es por ella, por que lamentablemente existo para él como un recuerdo de ella. Nada más. Y por eso, por que no puedo encaminar lo que siento, estoy dándole este final. El mejor final que puedo darme en mi condición.
Y ahora, a minutos de morir completamente, lo observo. Y él también a mí, llorando. Sigue rociándome con agua y me ha llevado al patio a por los rayos del sol. De lo único que me alegro ahora es de haberlo conocido, y de poder marchitar todas mis emociones. Y si la eternidad o el retorno existiesen, optaría por volver a verlo de otra manera, para que así él también se olvidara por completo de mi semejanza con la naranja falsa.

(La flor se secó mientras ella le decía a él por celular que ya no lo amaba como antes…)

18-04-2009

~ Sábado ~


Hoy es un sábado más. Un recuerdo tuyo más desaparecerá. Es increíble cómo solo en un mes me ha invadido fuertemente la nostalgia de aquellos días. Sí, nuestros días, aquella transición casi imposiblemente hermosa entre nosotros niños y nosotros jóvenes. Y es que te lo he dicho otras veces, que eres el gran portón de bienvenida de mis años adolescentes. Eres la esencia de lo que anhelo y se encuentra lejos, en un nunca volver. Eres la revolución personal más grandiosa que jamás volverá a pasar. Así de hermosa.
Hoy es nuevamente sábado. Yo solo en el departamento no hago más que disfrutar del sueño hasta las once con cincuenta, cuando mi perro se sube en la cama a perturbarme con sus pisadas, sus mordidas y sus lengüetazos. Sigue siendo Nanaki y no otro. ¿Lo recuerdas cierto? Le pusimos el nombre la misma tarde que llegó a mi casa. Fue tu idea. Es él quien espera a por mí durante las noches mientras trabajo, mientras me aventuro, mientras escapo. Es él quien no me dejará nunca. Al contrario, soy yo quien lo abandono cada tarde del sábado por un estúpido capricho, por un muy imbécil respiro. Soy repugnante a veces. Lo sé, pero ni siquiera quiero dejar de serlo. Necesito el respiro como consecuencia de recordarte. Preparo todo para embarcarme de nuevo.
Me levanto, tomo una ducha, me visto, limpio el dormitorio, el living, el comedor, la cocina. Preparo el almuerzo, liviano, rápido, rico. Nanaki se divierte jugando con su hueso. Está gastado, le compraré uno nuevo. Hay buena música de fondo, buen volumen, con trompetas, charangos, acordeones, voz armoniosa. Me sirvo mi plato y un vaso de jugo natural de frutilla. Le sirvo a Nanaki, y lleno su recipiente de agua fresca. Comemos juntos. Continúa la música, los ventanales abiertos y el viento moviendo las cortinas castañas. Oh, sábado. Uno entre muchos otros.
Lavo todo y descanso. Acaricio al perro. Me lame la mano. Leo otro capítulo de mi novela. Luego me arreglo antes de salir. Un poco de perfume. Me despido de Nanaki. Se queda mirándome frente a la puerta hasta el momento de cerrarla frente a sus ojos. Siempre hay un ladrido, como diciéndome “no vayas” una vez más. Bien, sé que son ilusiones mías. Tonteras, soy solo yo quien lo piensa. Y parto.
Hoy me he demorado un poco más de lo normal en engancharme una. Pero lo hice. Con dinero, buena vestimenta, el perfume que me regalaste, y palabras bellas precisas se puede lograr con insistencia envolverte una muchacha. Nos vamos a un hotel, al de la avenida 34 en Sunshine Park, al de siempre, y pedimos la habitación 204. Pasamos horas divirtiéndonos con nuestros cuerpos. Una y otra vez, como dos apasionados enamorados en un reencuentro esplendoroso. Será ella, seré yo, no sé, pero esta vez ha sido distinto. Será por que te mantuve en mi mente todo el tiempo. No te he olvidado. Y continuamos con lo nuestro cada vez, besándonos, acariciándonos, violentándonos con mentiras mutuas que no hacen más que hundirnos en el vacío del eterno retorno a la soledad. Tuve a un cuerpo a merced mía toda la tarde, pero no tuve a alguien para nada como tu. Es lo mismo de siempre. Cerca de la medianoche, mientras supuestamente ambos dormimos ya cansados, me levanto, me arreglo y me voy del hotel silenciosamente. No hubo despedida, ni gestos o palabras algunas. Solo me voy. Sé que no la volveré a ver, como cada sábado. Esa es la ventaja de elegir un lugar tan lejos del hogar. Solo extraños que no requieren de tus historias pasan alrededor tuyo. Eso es lo triste. No les importas para nada. Ni a mi me interesan sus detalles más que sus cuerpos.
Y camino en el frío. Pasan y pasan personas. Entro a un café. Me tomo algo mientras pienso. Pienso, y no puedo dejar de verte en el día en que tuviste que partir. Te fuiste, y dejaste todo en el aire, y se desvanece ahora. Y yo contribuyo a eso. Por eso, en ese mismo momento, salgo fuera y me dirijo al parque. Me siento en una de las bancas y saco tu última fotografía. Es una donde sales a los ocho años vestida de princesa. Es hermosa. Lo sé, por eso comienzo a llorar mientras saco el encendedor y pongo la llama bajo ella. Se quema, poco a poco, y despareces de mi vista tal como aquel día. Una vez más te vas. Te vas. Por mi culpa te vas de nuevo. Yo lo provoqué. Ya no puedo verte, no puedo reconocerte. Con ambas manos me tapo el rostro y me mantengo así durante minutos. Por qué. No aguanto a veces. Ya nada me queda de tu persona. Nada. Muchos sábados han pasado. Muchos recuerdos he desechado. Oh, maldito sábado. Maldita soledad de ti. Hago estas cosas sin entender más que mi propio sufrimiento. Pero no, llegaré a una resolución. Ya no quedará nada. Y podré salir y no recordarte. Podré salir y decir que me he despojado de toda tu esencia. Podré más fácilmente fingirle al mundo que no me importa no tenerte. Solo quedarás en mi interior. Serás mi historia no vivida. Y las veces que sea necesario, me embarcaré cada sábado para borrar un poco más de tu esencia. Volveré, una y otra vez, hasta que sea capaz de buscarte y volver a verte...... o de olvidarte.
Vuelvo, abro la puerta. Nanaki está despierto con su plato bajo sus pies. Mueve su cola. Me ladra.

12-04-2009

~ El habitante de los ojos ~


Al regresar me sorprendieron los cambios. El tipo urbano se hacía notar mucho más que en aquellos años, en donde la escasa intervención en los alrededores era gratificante. Era algo de esperar después de todo. No pude encontrar mi casa. Lógicamente la habían demolido, y ahora se alzaba en su lugar un muy útil minimarket. Que triste cosa es esta, en donde los recuerdos no son útiles más que a quienes les pertenecen e interesan. En este caso era solo yo, quien volvía en búsqueda de un silencioso día lejos del presente.
Recorrí un poco el barrio, caminando lentamente por la avenida central a la cual le habían cambiado su nombre. Era una agradable mañana por suerte. No había muchas personas transitando a esas horas, y de todas maneras la tranquilidad era mayor que la existente en la capital. Por lo menos algo era algo. Aunque la identidad nostálgica de mis mejores años ya no se encontrara conmigo, la inventaría en algún lugar.
Mis pasos me dirigieron a aquel lugar que tantas ansias me provocaba desde niño. Ya estando alejado del pueblo pude encontrar nuevamente el sendero que tantas ilusiones prendió en mí durante mis aventuras de pequeño. Mágicamente podía divisar también al árbol. Sí, aquel enorme que dio inicio a todo en un día cualquiera. Se encontraba allí, en los lindes del bosque, en el sendero protegido de todo, del olvido, del reemplazo, de la destrucción. Se encontraba tal cual antes. Tan alto, majestuoso, bello y misterioso. Un vivo fragmento de la tierra prometida que ha sido arrancada por humanos. Me senté en el lugar, saqué una cajita de mi mochila y abracé su contenido. Observé.
Escapaba de mi padre aquel día. Sabía que vendría a buscarme. Pero no quería verlo por un rato. Corría hacia el bosque llorando, cuando me detuve frente al gran árbol. Me parecía acogedor. Me acerqué al enorme natural que tenía enfrente y me senté bajo sus sombras para tranquilizarme como siempre. Luego, observé alrededor como descubriendo los detalles que habían sido puestos ahí para mi. Me distraía. Todo de un buen verde, iluminado, de suaves sensaciones. Mis lágrimas comenzaron a detenerse y, en cambio, mi sonrisa marcaba cada vez más mi entorno. El pasto, los arbustos, los árboles. Qué bellos cantos los que propiciaron las aves desde lo alto de la frondosa bóveda. Mi entorno en conjunto sumió a mi conciencia en su realidad misma, convirtiéndome en un ente más de su corriente. Pertenecía a ellos ahora. Y comencé a ver claramente la esencia que manaba de sus formas.
Un pequeño hombrecito pisó mi mano de pronto. Sonreía, y se tomaba el bello gorro que le cubría su cabeza mientras saltaba alegre sobre mi brazo derecho. Usaba ropajes bastante peculiares, de tonos extraños, y sus colores se fundían a veces con los del paisaje mismo. Lo rodeaba una extravagante luminaria. No me asustaba, pues la paz que transmitía con cada uno de sus gestos era reconfortante. Me miró en un momento sin parar de sonreír y sacó de sus manos un extraño polvo que dispersó rápidamente por todo el lugar. Todo brillaba como nunca antes. Era de un color dorado, y los rayos del sol creaban formas al reflectar en las partículas de polvo que danzaban sobre mi cabeza. Centauros, unicornios y dragones. Fue un espectáculo para nunca olvidar. Recuerdo que luego, mientras seguía embobado con las formas relucientes, tocó mi nariz con una pequeña hoja, hecha a su propia medida, y me la tendió. La tomé, agradecido de aquel regalo, y en el mismo instante en que hice contacto con ella todo el lugar cambió radicalmente. Como una onda expansiva se repletó de formas inimaginables. Nos observaban. Caminando por entre las ramas, corriendo entre los pastos, flotando de aquí para allá, escondidos algunos detrás de las flores, las piedras, o los arbustos. Pertenecían al bosque, y al igual que el pequeño duende, complementaban con magia la realidad. Lo miré, extrañado, y me devolvió ya no una sonrisa, sino una conmovedora despedida.
Oí mi nombre. Era papá. Sabía donde encontrarme. Me volví y allí estaba, esperándome. Me levanté, sacudí mis pantalones, y caminé lentamente hacia él. Todo se había desvanecido. Antes que mi padre me viera ya se habían esfumado todas mis ilusiones. Ese día volví a casa dándole vueltas al suceso. De ahí en adelante cada vez que volvía a aquel lugar para intentar encontrarme nuevamente al hombrecito del gorro rojo nunca pude lograrlo. Y anhelé ese encuentro el resto de mis días.
Ahora, 20 años después, vuelvo a intentarlo. Mi vida pareciera sucumbir y en momentos tan duros como los que he pasado en este último tiempo todo lo que necesito es una bocanada de mis buenos inocentes recuerdos. Necesito recordar detalles hermosos para volver a confiar en la vida. Y sentado bajo el gran árbol sostengo entre mis manos, envuelta en un suave paño de seda, una hoja muy pequeña y peculiar. Una vez más lo intentaré. La destapo, la toco delicadamente y observo mi alrededor…

04-04-2009

~ Ojos rojos recuérdenme ~


En cierto barrio del este caminaba un niño que sostenía en su mano derecha su globo de rojo color. Caminaba acompañado de las hojas sincronizadas que descendían de los árboles en los alrededores de la avenida Fordcastle, y las observaba ensimismado durante su suspensión otoñal, cuidando de no cometer tropiezo alguno. Le parecían símbolos preciosos de la estación, y él, su globo rojo, las hojas tristes y la revoltosa brisa conformaban el escenario preciso del paseo aquella mañana. Caminaba, miraba a ambos lados, cruzaba, y continuaba. Solo un auto pasó veloz a un costado.
Se dirigía a la plaza. A esas horas de la mañana, en otoño, y con ese frío, no era común ver a muchos niños jugando en el lugar. De hecho estaba solo. Tenía los juegos solo para él y su rojo globo, nadie más. Las hojas seguían cayendo y la brisa refrescando. Corrió de pronto, evitando los charcos de barro, hacia el tobogán azul, subió ágilmente la escalerilla y se deslizó manteniendo sus manos y su globo en alto. No lo soltaba por nada de nada. Era su compañero de juegos. Se divertía. Y volvió a deslizarse en el tobogán, pero esta vez, al llegar al suelo, se quedó recostado de espalda mirando el firmamento y las nubes grises que lo decoraban. Las hojas seguían pasando, esta vez como hermosas manchas improvisadamente perfeccionadas dentro de una brillante pintura. Podía sentir el ambiente rodeándolo. Era muy agradable. Mientras, su globo rojo se mecía una y otra vez interrumpiendo a veces el cuadro natural de su visión placentera. A pesar de esto su amigo le devolvía una sonrisa fiel, amplia, constante. Siempre lo hacía. Eran los dos, y no se separarían.
Se levantó, le habló a rojo, su amigo, y corrieron juntos saltando sobre las pequeñas bancas de la plaza. Una por una, su recorrido formaba un gran círculo. Cuidó siempre de no pisar los charcos, de lo contrario el carrusel se acababa al instante y recibiría un reto de mamá en casa. Cansado, se dirigió al columpio y descansó. Se mecía lentamente ahora, y al observar los árboles con la cabeza firme hacia lo lejano se creaba un mágico efecto que le originaba hormigas en el estómago. Un poco más de vuelo y el efecto aumentaba. La sensación era magnífica, y lo sumía totalmente en el firmamento. Imaginaba sentir la suspensión de las hojas en su cuerpo. Más bellas se volvían estas, que seguían cayendo a su alrededor. No soltaba a su amigo, y lo miró en un momento y le sonreía como siempre. Siguió meciéndose hasta que de manera parsimoniosa todo se detuvo. Bajó y caminó hacia una de las bancas. La limpió de la tierra que él mismo había dejado al pisarla hace un rato atrás. Se sentó y suspiró. Tomó una pequeña rama de árbol que había en el suelo y comenzó a dibujar. Trazó líneas por doquier y escribió además su nombre. Dibujó también a su amigo. Se encontraban volando al lado de muchas aves, juntos. Por lo menos eso es lo que él quería ver.
No obstante la sombra de esa hermosa tarde no olvidaba sus designios ni siquiera por la alegría de aquel niño. Junto con su globo rojo y el otoño continuaron dichosos caminando y conversando por la plaza, de un lado para otro, por entre los árboles, cuando advirtió de pronto una presencia. Paró en seco. Miró a la inmóvil sombra en frente. Se atemorizó un poco. Sostenía aun a su globo de rojo color. No lo dejaría ir. No lo soltaría por nada, pasara lo que pasara. Le agradaba rojo.
Un fuerte sonido envolvió el lugar. Rojo, su amigo, ya no estaba con él. Había desaparecido con el fuerte estruendo. La mano del niño perdía poco a poco su fuerza, y no dejaba de soltar aun el hilo que conducía al alma de su compañero. Y un nuevo estruendo en el oído del infante apareció, dándole vueltas en su frágil cabeza. Soltó completamente el hilo que hace unos segundos atrás pertenecía a su fiel amigo. No solo sus manos y su rostro decaían ahora, sino que todo su cuerpo. De rodillas cayó al frío suelo. La silueta enfrente de él permanecía quieta, preparada. El niño luchaba poco a poco con sus párpados y, mientras, caía hacia un costado. Se desplomó por completo: su cuerpo, su globo, sus juegos y sus sueños. Su hogar, borroso ahora, se veía a lo lejos. Pero el otoño nunca lo abandonó. Las hojas seguían descendiendo a su alrededor, la brisa continuaba jugando con sus cabellos, y el firmamento aparecía más maravilloso que antes, envolviéndolo. Y las lágrimas, antes que la muerte misma, nublaron sus ojos. Ya no veía nada más que un punto exacto en el cielo, entre los árboles y las nubes.
No podía ver a rojo a su lado. No sentía sus manos. No sentía a su amigo. Pero pensaba que no lo abandonaría nunca. Y veía el divino cielo manchado de hojas, y pensaba si quizás alguna vez su compañero subiría tan alto como las nubes. Pensaba si habría hojas que cayeran desde tan alto cielo. Sí, seguramente. Rojo habría subido hacia ellas ahora. Y acabó todo sin ver silueta alguna en frente de él. Solo las hojas teñidas de colores permanecían ahora a su lado. Y seguían cubriéndolo, desde el bello cielo gris de otoño.

31-03-2009

~ ¿Realidad ilusoria o irrealidad concreta? ~ (Por Lucas F)


Resignado, cerró el libro. No había caso, no era posible seguir así. Se puso de pie, tomó lo que era necesario de la habitación, su abrigo y se encaminó hacia el lugar que su deseo le señalaba.
Al subir al transporte todo le parecía distinto: las chimeneas humeaban un vaho púrpura que cubría el ambiente; las figuras se presentaban irregulares en la tierra y continuas en el horizonte, de manera que el medio en el que se movía en ese instante le parecía extraño, inabarcable e incomprensible.
"¿Cómo? si yo hago este recorrido todos los días". Luego, miró hacia el asiento junto a él y no había nadie..."Ya no está"- se dijo. El cochero le dijo: "¿seguro que desea ir tan lejos?". "Hasta el mismísimo infierno si es necesario"- respondió. El hablarle a un cochero con una capucha negra casi ni le inmutó, a pesar de que aquello no pertenecía a su realidad cotidiana.
En ese momento, en medio de la neblina púrpura que asediaba la irrealidad de su dimensión, vio un destello, un objeto que brillaba de tal manera que encandilaba a cualquier forma de vida que se atreviera siquiera a vislumbrarlo. Supuso que desprendía mucho calor, pues dejaba una estela incendiaria enorme a su paso, logrando que cada edificio que se situase en su camino maldijese el día de su concepción en el escritorio de algún arquitecto.
De alguna extraña manera reconoció al objeto. Trazó un rápido cálculo mental, como solía hacerlo, de la trayectoria de aquella pira voladora. Comprobó entonces, no sin terror, que se dirigía donde se ubicaba aquel objeto, ese cofre, que contenía lo que lo hacía humano.
"Deténgase"- le refirió suavemente al cochero. "Es imposible"- le respondió- "esto no va a parar jamás. Algunos viajan conmigo hasta el final del trayecto; otros saltan de la carroza y huyen, dependiendo de su suerte al caer". Pensó que su abrigo lo haría planear un par de segundos antes de caer al suelo. Simplemente, saltó, sin mirar atrás.
Al despertar, se sintió un poco atolondrado, pero armado del vigor suficiente para poner a salvo al cofre de una segura destrucción. Perdió a su abrigo en la caída.
Ignorando el frío o las dificultades que se le pudieran presentar, evadió los baches del camino y corrió. Corrió hasta que sus células se alimentaron de anfetaminas autoegeneradas. Finalmente, avistó aquel lugar en donde había depositado lo que el consideraba su tesoro más preciado. Abrió la puerta y allí la vio: se trataba de un ser que cubrió sus pupilas de un extraño júbilo, que no alcanzó a dimensionar o siquiera comprender. Jamás volvió a ver de la misma forma.
Era la musa de la poesía, la ninfa más preciada, el hada de las grutas. Sus ojos se dirigieron a los suyos, ya dañados, y él pudo verla y admirarla claramente. Bastaba ese brillo en su mirada y esa sonrisa inocente para saber que se trataba de aquella persona que jamás creyó ver: la que hallaría ese cofre, el cual modificaba sus tonalidades a azulejos de neón cuando lo tomaba entre sus pequeñas manos.
Lo que él no sabía es que justo en aquel momento el gigantesco proyectil etéreo encandiló a la muchacha, por lo que ella sólo alcanzó a ver su silueta. El calor insoportable le afectaba de sobremanera; él, al darse cuenta, corrió, la tomó entre sus brazos y cogió su intenso y precioso aroma. "Toma el cofre"- le dijo. "Pero no sé quién eres. Vine aquí buscando esta cajita, pero debo saber a quién le pertenece". Mientras hablaba se dio cuenta de que no podía ver con claridad, pues sus palabras se dirigían hacia otra dirección. "Primero debemos huir"- le dijo él finalmente.
Como un relámpago, la tomó y se alejaron de ese lugar. El proyectil impactó directamente en el lugar en el que se encontraba aquella pequeña cajita, la que lo impulsó a realizar las acciones que realizó.
La conmoción, el calor y el estallido terminaron por dejarla inconsciente. Con mucho dolor, comprobó que sus ojos se dañaron. Jamás podría verlo.
Entonces, concentró toda su energía restante, a la que el identificaba con su esencia, y la depositó en el cofre. Ésta adquirió, entonces, tonos rojos y purpúreos, pues al parecer se adaptó a la energía de la muchacha, que distinguía de ese color.
"No sabrás quién soy"- le susurró suavemente, mientras ella permanecía en su estado de inconsciencia. "Estoy plenamente seguro de que esto cuidará de ti" y procedió dejando el cofre sobre su vientre. Fue así como, sin que ella se diera cuenta siquiera, que él le robó un beso de su preciosa boca. Luego, tiernamente la dejó sobre un lecho que fabricó, la besó en la frente y admiró su rostro por última vez, mientras una gota de agua salada recorrió la mejilla de la chica. No estaba cerca el mar y tampoco le pertenecía a ella.
Se puso de pie, deseando que ella abriera el cofre y lo percibiera, entendiera, se pusiera de pie y pudiera verlo. No dio vuelta atrás. No lo sabrá.


Nota: Cuento escrito por el magnánimo amigo Lucas Fernández.

~ Un alma vagabunda ~ ( Por Jesús M)


Un alma vagabunda
Dejaste al irte
Un alma a media oscuridad
Absorta, sangrante
Que lamenta al no encontrarte
No tiene respuesta
A la lógica interrogante
Y lucha sin vida
Para encontrar una salida
Del pozo de herencia
Y me miro con vergüenza
Al verme despreciable
Por tu abandono respetable

Un alma vagabunda
Me siento y entiendo
Que busques nuevos horizontes
Que otorguen
Lo bello que nunca podría yo darte
Comprende y entiende
Que solo soy un caminante
De sueños y anhelos
De tu búsqueda constante
Y te pierdo hasta en sueños
Apaga la luz y hasta luego…


Nota: Canción escrita por Jesús morales, una gran alma amiga.

26-03-2009

~ One coffe, yesterday ~


Mis pies caminan sin saber yo hacia donde. Observo perdido el suelo, levantando a veces mi rostro en intentos fugaces por despertar. Pero ni siquiera deseo hacerlo. Quiero permanecer vacío, pensando en cómo dar el siguiente paso a través de la gente que atraviesa mi piel, y nada más. Nada más, hasta que las luces en la noche resalten atractivas frente a mis ojos. Escenario vivo de recuerdos, me alzo y observo ahora detenidamente mi alrededor. Un café en donde se alcanza a escuchar “i don’t see anybody that dear to me” enciende emociones contenidas fuertemente, y en un segundo, solo en un segundo, siento ganas de mirar hacia atrás. Pero no lo hago, y eso es lo que buscaba. La música parece ahora purificarme al sumirme en un estado de nostalgia, de alegría y tristeza mezcladas. Las personas tras el ventanal de las palabras intermitentes atraen la sensación de la comunidad anhelada, aquella de tus recuerdos, en aquel lugar que amas, y que visualizabas a veces en tus sueños de viajes y metas acordadas. Pero continúo solo, aquí donde decidí llegar, bajo la noche estrellada de historias y luces magníficas y coloridas, confundiendo mi mente tanto como mis ojos ya cansados. Y siguen caminando todos, las luces prendiéndose, emergiendo nuevas melodías, llevándose tragos a sus bocas, besándose los enamorados bajo la fuente central de los deseos y amando, matando, viviendo y odiando. Y como simple sociedad continúa, con concretos e ilusiones. Las luces se apagan.
Suspiro, y trato de descifrar algo en las ondas dibujadas en el agua. Pero no veo otra cosa que el reflejo de donde me encuentro. Hermoso paisaje nocturno que acompaña mis sentimientos, va desordenándose a medida que mis ojos comienzan a nublarse. Y me detengo, muevo mis ojos de un lado a otro y, desesperado, salgo disparado por las calles repletas de personas que no hacen más que remarcar mi extranjera soledad. Miradas ajenas y acogedoras, pasan y me estacan sin control. Y cuando alcanzo al gran puente blanco, disminuyo el paso y me estanco en medio de él para observar el río claramente iluminado de nuevo por los recuerdos. Otro suspiro. Levanto mis brazos, lanzo un grito al aire, y me quedo mirando el firmamento un momento, dándome las gracias por ser y estar como soy y estoy ahora. Tarareo ahora una canción, una de esas que dan magia a los momentos. Nuevamente Fleet Foxes. Y siento suavemente que me tocan el hombro. Doy media vuelta y ahí estaba: era la brisa que envolvía tu cuerpo la que me advirtió. Solo miraste sonriendo casualmente y volviste tu mirada hacia el agua, de espaldas a mí. Los detalles preciosos como aquellos te convierten en un creedor de tonteras y nuevas ilusiones pintadas. Mas, vuelta la tranquilidad y la confianza, me doy cuenta que ni siquiera con la lluvia te has borrado, ni tampoco todos ellos, los de atrás, ni los de ahora, ni los de siempre y nunca, pues son marcas, marcas como tus lágrimas, que nacen y mueren, pero que viven un largo y bello proceso intermedio. Sí, en medio, como aquel que intervine en ese momento. Y es así. Recuerdo tus mejillas húmedas cuando, al hablarte, te volteaste con tu sonrisa sobrepuesta ahora al trago amargo de la soledad, y detuve una de tus gotas a medio camino y la deshice en mis dedos, compartiendo juntos grandes creaciones. Al medio, eso es.
Y ya el tiempo pasa y no se olvida. Se supera y se conoce. Ahora entro al café, les hablo a los caminantes y me aventuro en nuevas historias. Y no olvido, no obstante, insisto, espero a por que las nuevas historias sincronicen con las ya recordadas y me eleven. Así de hermoso es esta caprichosa ilusión no menos útil ni menos hermosa. Y luego me vuelvo solo, otra vez, y camino por estas nuevas rutas, distantes y ahora cercanas.

19-03-2009

~ ... 8, 7, 6, 5. ~


La despliego cuidadosamente y comienzo a buscar. Recordaba haberla puesto junto al montón de papeles ocultos en el compartimento inferior en el centro. Saco todo, y voy discriminando rápidamente los cachureos interiores, pasando por tarjetas amistosas, una carta ya superada y dos fotografías significativas. La primera de estas era una de ella, que me entregó el último día antes de marcharse. Se mostraba muy joven, reflejo único de los días que pasábamos juntos persiguiéndonos. No lo olvido. La segunda era una imagen que me revolucionaba internamente, como si se tratara de alcanzar aquello en la distancia, lo anhelado, aun a pesar de ciegamente no ver el evidente fracaso: era una foto de mi infancia. Tenía alrededor de cinco años en ella, pero no recuerdo muy bien nada de aquel tiempo. Es extraño, triste, no poder memorar los momentos que tanta nostalgia traen cada día a tus experiencias. Siguen ahí, saltando, pero los he escondido lejos de mi memoria cercana. Decidí hacerlo.
Me encontraba sentado observando al parecer mis pies, lo que no me convencía más que la posibilidad de estar perdido en la arena. Quizás qué observaba. No lo recuerdo, ni siquiera a quien me sacó la foto en aquel amado lugar. ¿Por qué no miraba a la cámara? Me encontraba de espaldas, distraído tal vez, y seguía sin recordar detalle alguno de ese instante. Lo que sí recuerdo es la sensación del mar, el cómo la brisa mantenía fresco mi cuerpo, movía mis cabellos frágiles y me invitaba a cerrar mis ojos lentamente: sentía volar, sentía perderme en el viento fantástico. Aun cuando me aferraba cada vez a la tierra palpando la madera, mis emociones se elevaban con las gaviotas por entre las nubes, y se movían dulces y bellas dando giros y embelleciendo las caídas en picada desde lo alto para detenerse rápido y ascender, ascender cada vez más, llenándome, purificándome, acompañándome totalmente en mi pequeña soledad. Aquella playa de mis recuerdos nunca me abandonó, pero no podía alcanzar los momentos de antaño, aquellos de las historias, aquellos por los que muchos se ríen o terminan cabizbajos, aquellos de los que decidí huir un día. Sí, los abandoné. Y lo hice por que los amaba. Lo hice por que no podía volver a ellos. Lo hice por que la inocencia de la realidad estaba ya perdida, y mis ojos, apenados ya de observar la infinidad reinante, lo opacaron todo.
Me encontraba solo, frente al mar, con las olas rompiendo en las rocas, y las aves sonando armoniosas. No sé si lo invento o no, pero las emociones me acompañan. No puedo recordar lo concreto, el momento. Pero me basta sentir. Sí, sentir esto y aquello, y junto a mi mente recrear una tarde ya desvanecida por los años, revivirla, atesorarla y hacerla brotar dentro de mí, como nuevas energías, para un par de nuevos días. Sí, eso.
Y en mi habitación solo, continúo el intento de justificarme en el pasado. Sin darme cuenta observo nuevamente la foto, con mis ojos húmedos, mis manos temblorosas y mi sonrisa quebrada. Pareciera que llueve ahora, pero no fue así antes. Por que al escuchar el sonido de la cámara me doy la vuelta, distraído, y pierdo de vista al bicho bajo las arenas. Ya no sé donde se habrá metido. Se ha zambullido y quizás ha vuelto camino a casa. Bajo, y busco ahora con mis manos. Desordeno la arena, pero nada. Y al pararme, e intentar decir palabra alguna, mis ojos son tapados por tus dos reconocibles manos. Las saqué de mi rostro alegre, me voltee, y te abracé amando tu compañía siempre ausente. Tu, aquel día a mis cinco años…


Nota: Este cuento se relaciona con "1, 2, 3... 4.", sus ideas, imágenes e idéntica nostalgia.

17-03-2009

~ El hombre sin nombre ~ (Por Ale A)


Hombre le decían
Pues nombre no tenía
De voz quebrantada
Con su autoestima baja
Y la cabeza agachada
Cuentan que por ahí le vieron
Caminando en el silencio,
Donde las almas no penan
Y donde el viento no sopla.
Donde las voces del subconsciente
Le condenan a seguir vagando
Y donde su propio yo
Le habla para llamarlo;
Pero no sabe cómo
Pues no tiene nombre
Y esto le pesa al hombre,
El no saber cómo se llama
Ni saber quién dentro de él se esconde
Aunque bien cierto día
Un secreto le revelaron:
Hombre, quítate tu disfraz
Que te tapa el rostro,
Quítalo antes de amanecer
Pues fíjate que el hombre
No vale por su disfraz,
Sino que por su nombre
…luego busca la identidad
Que dentro de ti se esconde
Y a ella ponle tu nombre.


Escrito por Alejandra Ávalos, bella amiga, a sus 16 años.

15-03-2009

~ 1, 2, 3... 4. ~


Mis tres grandes hermanos. Muchas fotos habían en la caja, pero sin duda las que más me intrigaban eran las de ellos tres haciendo cada tontera juntos. Eran pocas ocasiones en las cuales las reuniones familiares daban el paso para una de aquellas aventuras lejanas que tanto agradaban a los viejos y jóvenes de su generación. Claro, personas como yo no pueden recordar bien esas cosas, ni siquiera comprenderlas del todo. Pero suelo preguntar bastante. Mas en el momento cuando me encuentro solo con sus imágenes, recreo las respuestas. Qué curiosas. Siempre me he cuestionado el por qué yo nunca tuve tal cantidad de fotografías. Seguramente habrá pasado algo que lo impidiera. Tal vez no. Tal vez fue el cambio de casa. Y poco a poco voy observándolas, entretejiendo los fragmentos que tengo en mi mente y soñando los momentos únicos que debieron pasar juntos los tres. Qué envidia. Lo poco que recuerdo de aquellos años no lo recuerdo junto a ellos. Quizá por qué será. Sí, son muy lejanos.
Aquel invierno. Corrían los tres por debajo de la mesa haciendo tambalear sus patas y casi logrando volcar un vaso de agua que se servía mi abuela. Continuaron corriendo, no haciendo caso alguno de la histeria de mamá. Ocho, diez, doce. Juntos revivían el desorden cada vez, cada nuevo día. Afuera hacía frío, pero estaban bien abrigados. Nunca les faltó aquello. La hora de almuerzo ya se había esfumado, y todos perdieron sus miradas en el exterior, en la cocina, en el fútbol por el televisor. Ellos proseguían. Sus bananos llenos de bolitas resonaban con cada uno de sus saltos por entre el barro y las plantas. Cuidado! Se cayeron algunas, se pelearon por ellas, rieron, empujaron, gritaron, callaron, rieron, caminaron. Persiguieron al ya viejo perro que descansaba bajo la ventana, luego de despertarlo con continuos tirones y zamarreos. Kasán, Kasán, le llamaban juntos. Lento, se movía muy lento. Lo sobrepasaron y se olvidaron de él por un momento. Subieron a la negra reja y le gritaron al chico Juan, su amigo, que se acercara. Probablemente volvía de comprar. Sonrieron. Carcajadas, juntos. Bajaron, corrieron nuevamente, saltaron los maceteros, evitaron al perro perplejo, y se detuvieron en seco frente a papá que los esperaba. Papá… aquel hombre. Es él el que los detuvo. Una mirada y un par de palabras bastaron para que se terminara el ruidoso jueguito. Fumaba en aquel entonces. A ellos no les gustaba el humo del cigarro que se expandía a su alrededor. Se alejaron poco a poco intranquilos. Papá logró retener a uno de los tres, mientras los otros escapaban hacia la reja eufóricos, asustados. Papá se dirigió hacia ellos sosteniendo al cautivo entre sus brazos, y Lo besó y abrazó, una y otra vez. Y en ese momento comenzó a chispear. Aquella tarde llovió bastante fuerte. Hacía frío. Mucho, lo recuerdo. Detrás de papá se encontraba mamá. Esta sostenía fuertemente con su mano izquierda el chaleco de papá. Y se volvieron a reunir subiéndose a la reja los tres, y mirando hacia el cielo esperaron a por las gotas de lluvia que cayeran sobre sus rostros. Mamá los llamó a entrar. Sostenía una sonrisa triste cuando los veía de esa manera juntos. Los tres eran felices.
Lo recuerdo. Aquella tarde mamá salió al patio a buscar a los desordenados que se divertían despreocupados, sin tomar en cuenta ya el hecho de haber sido reprendidos el día anterior. Ahora buscaban la nieve. Sí, nevó aquella tarde, como casi nunca ocurrió posteriormente. Mamá me sostenía y me mantenía asegurado del frío exterior junto a sus cálidos brazos. Claro, lo recuerdo. Era el cuarto. Los vi aquella vez juntos, sonriendo, saltando y dando vueltas alrededor de los charcos que salpicaban, mientras los copos de nieve blancos adornaban el jardín y sus cabezas. Nos miraron, a mamá y a mí. Nos sonrieron alegres. Y corrieron luego rodeándonos a ambos. Qué lejanos días. Pude verlos esa vez, pero nunca pertenecí a sus historias. Solo las fotos quedan de los tres; en algunas desobedientes sin control y en otras preocupados hermanos por el menor. Solo eso. Lejanos míos que no son más que anhelos en mis recuerdos. Los tres, siempre los tres.

Nota: Cuento editado. Algunas palabras fueron cambiadas, mas nada muy significativo.

14-03-2009

~ Mi lógica & mi ilusión ~


El ser humano justifica su existencia en el resto. Aun cuando en definitiva en el punto final seguiremos siendo individuos solitarios, necesitamos a los otros más en un proceso que en un término. Y es así. Nos formamos en gran medida por ellos, quienes condicionan a cada momento nuestra visión de aquella realidad única y verdadera. Somos el producto de sus faltas, de sus logros, de su compañía, de sus insultos, de todo lo que nos envuelve en conjunto. En gran parte es así. Yo y los demás.
Se han buscado infinidad de cosas dentro de la historia de la humanidad. Los orígenes han sido una de ellas, y nos han llevado a progresar y a evolucionar nuestras formas de pensamiento. Hemos logrado comprender en parte aquello que está allá fuera. Pero no por que hayamos podido tomar con ambas manos “parte” del absoluto podemos atribuir tal magnífica característica a todo lo que nos rodea. No. Las leyes universales sí que están ahí. Hemos alcanzado muchas de ellas. Pero entendamos que nadie nos ha puesto en el universo para desentrañar sus secretos. No somos favoritos de nadie. Somos seres humanos, producto de lo que nos condicionó a evolucionar. Somos el resultado del orden natural, de aquello que es real, total y maravilloso. Y es por esto que la sociedad, nuestro resultado evolutivo, definitivamente no comparte la característica absoluta del universo. Como existencia y como parte del todo sí, pero en cuanto a su desenvolvimiento no es más que un espejismo del increíble orden natural. El universo posee un orden imposible de explicárnoslo y experimentarlo, y nosotros solo tenemos el pensamiento. ¿Podemos pensar que tenemos todas las herramientas de comprensión? Insisto, somos evolución y no especiales. Nuestras culturas son algo fuera de nuestro propio control además, por que no tienen un orden final como la naturaleza, y si intentamos armonizar en una sola respuesta todo aquello solo lograremos confundirnos y dar vueltas en un círculo de estabilidad y caos una y otra vez. Nada más que eso.

La sociedad no es universal. Es de nosotros. Semejanzas pueden haber para comparar, sí. Pero no son más que eso. Semejanzas, que a carencia de conceptos que puedan darle una explicación exacta a su realidad, como continuamente pasa al expresarnos lingüísticamente, les atribuimos otros para simplificarnos el trabajo. No podemos siquiera imaginarnos qué otras formas posibles podría existir en el exterior y cuán primitiva o avanzada es la nuestra de aquellas otras manifestaciones. ¿Se podría comparar siquiera en base al concepto “sociedad” realidades tan distintas entre sí?
La sociedad no existe de absolutos sino de acuerdos. Y el gran problema de esto es que las personas se enriquecen de ilusiones y fantasías por doquier, incentivándolos mucho. Y entre esos ensueños se encuentra el de la “sociedad” idealizada. Algo especial, una entelequia social. Yo no creo en eso. Y parte del resto sigue buscando esa respuesta, buscando arreglar o evitar esto o aquello, y no saben que las hay múltiples respuestas. Eso es, existen múltiples sociedades y ese es el problema. Mientras existan particularidades, condicionantes, afinidades y desacuerdos será imposible llegar a un pacto grupal estable y mucho menos a uno global por el que muchos creen luchar.
¿Qué acordar entonces? Ni siquiera un pequeño grupo puede mantenerse estable por demasiado tiempo. ¿Y esperan mantener las esperanzas en lo global? Qué ilusión. Demasiado hermosa, y por lo mismo atractiva. Y continuo, ahora aceptando el hecho de que mi raciocinio es algo y mi construcción occidental es otra. Sí, es esta última quién mantiene vivo en mi mente la ilusión que tanto intento dejar. Y no puedo. Y no puedo por que es lo que vuelve hermoso mi vida, la que te hace soportar la nada posterior que nos espera a todos. Es la que le da un significado al ahora lleno de significados, y no al después repleto de nada. Por que simplemente, a pesar de que estoy envuelto como todos en una construcción social de la realidad, esta tiene cosas hermosas y horribles.
El ahora es un cuadro amargo de pintura surrealista, una melodía nostálgica de acordeón, unas emotivas imágenes en blanco y negro, una película de un significativo momento, una escultura que nos da sombra mientras conversamos y reímos y damos vueltas por el pasto bajando la pendiente hasta caer, revolcándonos mientras te quito la bufanda y corro por esconderla. Es la representación de amor y odio que hemos creado. El ahora es lo grandioso que puede ser darle significado a las cosas junto a ustedes. Incomparable sensación, inolvidables recuerdos. Aquello vale la pena, no obstante se rompe una y otra vez. Y me vuelvo a decepcionar, y vuelvo a pensar en el “por qué” aun cuando lo entiendo. Por que en una sociedad construida, y estando yo en ella, no puedo sacarme lo impuesto por nuestro legado histórico. Y lo entiendo, pero seguiré preguntándomelo. Y me mantendré buscándote ilusión, capricho mío, renegándote, viviéndote, atesorando los momentos que pasamos, cayéndome y levantándome, para luego volver a buscar más de esos momentos. Y cuando me canse de la estabilidad y del caos momentáneo, te conoceré y volveré a querer pasear.
Me disgustan y los detesto. Qué confuso al pensar en ellos. Pero solo bastó aquel abrazo, unas precisas palabras, y un gran momento juntos para volver a creer en lo mismo. Me decepciono y me esperanzo. Tan extrema es la vida. Y por lo mismo, la sensación de seguir bien con ustedes es tan grande que puede levantarme una y otra vez, así como volver a defraudarme considerablemente. Todo lo hago por mí. Ustedes son para mí por mí. Si nuestra afinidad nos juega una mala pasada llego a pensar en tirar todo. Sin embargo aparece un momento de armonía y los estimo, e intento mantener la agrupación ecléctica aunque sea un fugaz momento más.
Si tengo una gran ilusión en mi vida son las personas. Y pienso por ellas, por entenderlas, por que también soy una de ellas. Una ilusión que contradice mi lógica…

11-03-2009

~ ¿La vida es un sueño? ~ (Por Pipo)


Que mi lápiz se remita a lo que le conviene
a frases cortas y poco entendibles
porque mis bocas
cocidas con venas sangrientas
quieren gritar que no entienden nada

Que la vida quizás fue mal llamada
que dios no se escribe con mayúscula
que las estrellas son lágrimas pasadas

que mis ojos observen todo y nada
porque ya desconozco donde hallar
la verdad de los colores

Ya no sé, donde termina esta página
y mis murmullos que imitan la pluma
se dejan llevar sin vacilación
sin evadir
No
sin evadir, que me encuentro perdido
entre segundo y segundo
me encuentro perdido entre tan poco creerás
pero no he podido detener el tiempo
y me quedo atrás con el segundo que se viene encima
uno encima de otro
ya no puedo comprender tanto
tanto que cae como cascada cada lapso
cada pestañeo
no he podido comprender porque como ni cuando
el hombre busca amanecer
y no despierta al alba
no puedo medir la distancia entre hombre y hombre
entre tic y tac
No. No puedo evadirme.
tantas mentiras tragadas
como píldora amistosa de madre asesina

tanta oración,canto y pregón
llevado al altar como hostia
tragado como bestia
y convertido en excremento
Ya no sé. Quiero ponerle el nombre a todas las cosas de nuevo

Y el génesis comenzaría sin barro ni costilla
sin dios, sin demonio,sin manzanas.
sin hombre, sin mujer.Ambos por un mismo nombre.
la biblia ya no mentiría
y el cristiano más ferviente lo creería
como píldora de madre
sin dinero para píldora.

la vida sería un sueño
la luna se llamaría sol
y el sol no tendría nombre
cada quien lo nombraría a su antojo

las palabras, no tendrían dueños
y los árboles olvidarían todo lo visto.
comenzarían a crecer sus raíces sin aferrarse a la tierra
si no caminando por ella

y yo treparía en sus brazos fuertes y sabios
les cantaría, dormiría en sus ramas
y viajaría el resto de mis horas que ya no estarían contadas

y conocería a todos
y sería todos al mismo tiempo

escribiría, infinito revelado, tiene fin lo he visto!
escribiría, vacío no existente
escribiría, final para algunos
escribiría, cero más vacío

Podría imaginarlos y sentirlos. vivirlos , respirarlos.
mis manos estarían llenas de tinta
y todos estarían borrachos por las noches
y las culpas serían perdonadas
y nadie se vería afectado
la sangre ya no sería violenta
la vida ya no sería un momento
los hijos crecerían más lento
las familias se amarían
las ciudades cambiarían de vestuario
los colores existirían sin problemas
el gris ya no sería
yo lo borro
lo pavimento

Las cordilleras no serian el portón de las naciones
el mar sería el silencio orquestado
y el recuerdo amargo de lo que fuimos.

Quizás en el mar dejaría el gris, el portón, la biblia, pero no el dolor.

Creo en lo que creo.

Ya los he visto, a todos sentados en la orilla del mar llorando
viendo reflejados sus rostros tristes en la espuma
en la brisa, el aroma del sufrimiento.
Todos peregrinando a la costa
en busca de una herida silenciosa
nadie quedará atrás
no existirá injusticia con tanto dolor.

Será la única obligación
que todos aceptarán sin temor.
Otra palabra que ya olvidarán.

Pero no.No puedo evadirme
contándome estas mentiras

más vale al resto
persignarse y escapar
cuando están cerca
escuchando los quejidos de la tierra
los llantos del viento
lo funesto de nuestras vidas

Olvidarse, que todo esto
ya perdió el sentido hace mucho
y que refugio
no existe
mas que en sus propios cerebros maquinales mentirosos
que se asfixian en verdades vestidas de oveja
ya nada de esto tiene finalidad
su trabajo, sus pasos
se pueden perder si ustedes lo desean
tome el vagón equivocado
escape e invente nuevas palabras
olvide quien fue
y construya una vida nueva
no la deje a medias
media moribunda

No la deje plantada.

y crea que usted es capaz de evadir y sufrir
todo al mismo tiempo.

Crea en que no debe creer.


~~ Gran poema escrito por un amigo, Pipo. ~~

07-03-2009

~ Volver ~


Confundido saltarás. Y cuando la suspensión de tu cuerpo pareciera alcanzar su límite, notarás repentinamente lo siguiente. No solo un remolino de emociones emergerá desde tus entrañas para acelerarte, sino que la corriente fresca, al igual como lo hiciera un gran rugido, intentará alejarte del suelo con un leve impulso. Y solo en aquel segundo te estremecerás. Sensaciones soñadas revolotearán en tu cabeza al instante. Comenzarás a abrazar al viento que envolverá ahora tus extremidades, el mismo viento que irá escurriéndose por entre tus ropajes y los agitará una y otra vez enloquecido. Cada rincón vació será cubierto. Por entre tus dedos, rodeando tu cuello, alborotando tu cabello, revolviendo tu estómago. Qué sensación. Volarás. Te darás cuenta ahora de la distancia alcanzada desde que pisabas la tierra hace unos momentos. Y solo la emoción de seguir sumiéndote en la ansiada inmensidad distraerá tus dudas. Y seguirás adelante. Y continuarás soñando. Por que desde las alturas percibirás más de lo que se te ha permitido ver alguna vez. Lo atesorarás. Y podrás luego, al descender, amar más que nunca tu vida; todo lo que te pertenece y todo lo que has recordado. Más tarde, cuando vuelvas a pisar con ambos pies la tierra sentirás la libertad del suelo. Será tu oportunidad de poder regresar a lo anterior con nuevas perspectivas. ¿Y cómo pretender amar tanto algo sin antes haber tenido un cambio, un encuentro o una ausencia misma? Y volverás a alejarte tu mismo para regresar cada vez. Y por muy doloroso que sea te prepararás a saltar nuevamente al vació, tomando el riesgo de que en el próximo vuelo te enamores de algún detalle en la distancia. Y pensarás en el cielo y en la tierra, turnando el uno con la otra, y cambiarás y regresarás, y nuevamente llorarás por su ausencia. Pero ya no estará más. Te levantarás, continuarás, y volverás a hacerlo. ¡Salta!