24-08-2011

Se han mudado los escritos...

Sí, mis escritos y otras cosas se han mudado a una nueva dirección. Publicaré allí el nuevo material dispuesto a compartir con quienes gusten. Y no está demás decir que, espiritualmente (permítanme usar el término) el nuevo blog estará íntimamente ligado a este en contenido, estructura, en significados. Pero, no obstante, creo que intentaré dar un paso más allá de lo que he hecho hasta ahora. Los motivos y las ganas cambian  y se desarrollan con nosotros, y es por ello que apuntaré a los nuevos vientos de ahora en adelante. No es malo, no. Quizás algo distinto, pero se complementa más con mi nuevo presente y mi proyección. Bueno, sin más los invito a revisarlo. Sin otro objetivo que apuntar al humanismo personal, social, es que intento seguir mostrando. Bienvenidos y gracias por su estadía y colaboración aquí. A todos.

15-06-2011

~ La guerra de los niños ~

Y vi salir de la espesura del bosque a un montón de niños que se dirigían ágiles y gritando hacia el frente de batalla que, sin embargo, no los esperaba. Fríamente olvidados, los pequeños portaban armas que preparaban para un violento choque frontal contra la engullente masa oscura de incomprensión, allá, en la trinchera, sobrepasando el monte que cubría su presencia. Corrían, gritaban, y entre todo el miedo y la inexperiencia divisé a uno de ellos distinto. Me recordó a aquel infante de batallas ya ganadas aquí, en mis memorias. Él no corría, no gritaba como el resto. Estaba quieto junto a una gran roca, esperando, pensando quizás qué acción realizar. Estaba allí, con su mirada perdida y sus manos como sosteniéndole el rostro, su vida. Sus ojos de oscuro café invitaban hacia una profundidad no compartida, solitaria, nostálgica de momentos a los que no ha logrado aferrarse aún, pues desaparecen. Me parecía que imaginaba un mañana tranquilo consigo mismo, tranquilo de invasores, temores y peligros. Quizás, un mañana tranquilo de fuertes palabras, acciones y castigos. Me pareció que imaginaba quizás otro lenguaje, uno claro, para él. Para él y el resto. Y mantuvo así su semblante. Siguió tal cual, suspirando su alma por ganar un instante de alivio y también, en un momento quizás confundido por mis memorias, dejando entrever a través de su tartamudeo y de su mirada perdida sobre una rayada hoja otoñal aquellas dificultades en su camino, en aquella bélica empresa. Observé cómo se dividía su vida, su infancia, de una de todos a una solo suya. Un campo de batalla se alzaba en medio y le mezclaba sus alegrías, sus temores, los suspiros y más llantos. Y su semblante ahora si que cambió.
Me mantuve observándolo, expectante. Se había unido a la manada. Las hojas de otoño los delataban,  los confundían y distraían. Claro, jugar no era lo propicio ahora, pensé. El cielo nublado, el bosque espeso, el lago profundo y la nieblina sosegada eran la tónica cada vez que la guerra se abalanzaba. Pero por más intentos fallidos, la guerra no se detendría por ellos, por nosotros. No, la guerra no nos pertenece y no tenemos derecho a definirla. No podemos hablar. Pero aquí seguimos. Y nos hablamos.
Siguiendo la estrategia, los disparos comenzaron. Rasgaban los cielos, y el bosque rugía por el arañazo de las bestias en pugna. Todos seguimos al frente, pasara lo que pasara. Hoy tenían que caer, sí o sí. Nos dividimos para intentar abatir a la cabeza del enemigo, el comandante. Avanzamos. Disparamos. Vi caer a mis aliados, los niños. Por el costado del monte, arrastrándome silencioso, repté por entre las rocas y me acerqué poco a poco a mi objetivo. Allí estaba, cubierto de uniforme, armado y ordenando. Explosiones. Deben ser las granadas. Ya han comenzado con la segunda parte del plan. Rápido. Piensa. Dejo la ametralladora en el cojín de hojas, cuidadosamente. Me expongo al dar un paso, lo acomodo, ahora saco la pistola, jalo el seguro, presiono fuerte mi mano y me lanzo hacia adelante como si con ello se me fuese la vida por completo. Apunto directamente a su cabeza. Tiemblo. Voltéate. Así lo hizo, y así fue como me di cuenta quién era. El comandante era yo. Boom. Un disparo.
Entre tantas balas, no sé si aquella que salió de su pistola fue a parar a los cielos o a su cabeza. Sólo sé que la guerra de los pequeños comenzaba a pintarrajear de fondo el decaimiento de muchas inocencias. La fantasía invertida de aquella guerra, que evidencié, no podía ser detenida por ellos, no. Pero los hería. Y me acerqué sigilosamente a ver qué había sucedido con el niño de mirada profunda y solitaria, y para comunicar a su famila quizás una lamentable noticia que podrían ellos haber impedido.


Nota: La autora de la imagen es Susana Campos. En la fotografía se observa a mi pequeño sobrino, contemplando quizás la vida, su vida, o quizás qué cosas. Vamos, subjetivamente digo... :D

16-04-2011

~ Hasta Luego ~

El sonido de nuestros pasos siempre permanecía en la calle.
Caían brillando las hojas secas de algunos árboles
y nos dábamos cuenta de la distancia entre nuestros pasos, entre nuestros suspiros.

Las pequeñas hojas que se deslizaban sobre mis hombros una vez más regresaron al cielo.
Entonces, incluso amé los vientos violentos...
(¿Por qué lo deseo ahora?) Ligeramente sonreí.

Una silueta familiar descansaba en mi ventana
reflejándose contra la luz del Sol y desapareciendo.
En el fluir de mis recuerdos escuché una frase que decía:
"al menos hasta que despiertes de este sueño"

Quiero dormir sosteniéndote un momento más
aún cuando pueda transformarse en un triste recuerdo.
Quiero dormir estrechándote entre mis brazos
como cuando nos conocimos por primera vez...

Te inclinaste suavemente sobre la ventana
y murmuraste hacia los árboles de la calle esa frase una vez más.
Incluso aunque no pueda ver tu figura como antes
al menos puedo hacerlo en medio de este sueño...

Quiero dormir sosteniéndote un momento más
aún cuando pueda transformarse en un triste recuerdo
Quiero dormir estrechándote entre mis brazos
justo como aquella primera vez en que nos encontramos...



Nota: Au Revoir, de Malice Mizer. Letra adaptada.

10-04-2011

~ De barro, sudor y sangres ~

Sus entrañas se encogían ardiendo, provocándole suplicios que ascendían como alaridos desde las más profundas lagunas hasta los más vastos océanos. Sus tierras y los cielos ya no los podría mirar otra vez. El vaivén de la miseria jamás se apagaba. Los centinelas se encargaban de mantenerlo encendido a fuego lento, con paulatina pero asegurada horada. Los metales se impacientaban alrededor de las muñecas y volvían a llenar el silencio con bramidos de angustia y sufrimiento. Pero por más que estos también se encogieran, cedían pocos centímetros, y el impulso corporal de refugio frente a la catástrofe se volvía inútil e incluso un contribuyente a la pena. El forzoso intento volvería. Lo sabía, pero sus ojos miraban perdidos quizás algo más allá del piso lóbrego, helado, y húmedo. Había algo más allá de todo. Pero se desvanecía cada vez que el hedor a muerte regresaba hacia su cabeza abatida, boquiabierta, y confundía sus nociones aún presentes cambiándolas por desesperados llantos silenciosos. Vómitos, punzadas y sangre, más sangre. Pero nadie escuchaba. Y nadie lo escucharía jamás, pues no tenía palabra efectiva frente a ellos, y ellos sí tenían herramientas eficientes para sus apetencias.
La mazmorra que lo vería sucumbir no se quedaría impune. Aún frente a la oscuridad asesina, los flujos de su existencia mancharían las piedras del lugar con las cuales intentarían levantar luego ostentosos palacios, y las lenguas volverían a rememorar el momento en que los siglos se sobrepusieron a otros. Pero ahora fallecía solo, sin tregua, al igual que muchos otros, y el escurrimiento de su sangre resbalaba lento hacia la diminuta abertura en uno de los bordes del calabozo en donde se colaba gota a gota, mientras un fragmento inadvertido de oro aún permanecía allí estorbando la rajadura, para caer en el abismo en completo silencio, encima de un continente en donde se mezclaban con fuerza el polvo, el sudor y el olvido. La mezcolanza no preparaba nada más acogedor para el fin de su estirpe.
Se acomodó. Sus ojos hacían lo oportuno por descifrar las formas frente a ellos. Era de madrugada, y reproducía aún las terribles imágenes que desde hace días lo sobresaltaban cada noche. Hoy había visto el final de sus delirios y ya poco dudaba. Se puso de pie, se abalanzó hacia la noche, su cuerpo aún tibio, y salió de su tienda sin nada más que lo que llevaba encima, apresurado. A pasos ligeros, la selva acogió su determinación y lo guardó a ojos de todo quien, a esas horas, pudiera escucharlo. Intentando el sigilo, no volvió a dar un paso, o mirada alguna, hacia atrás. No hasta que llegara al borde de las aguas. Y corrió, y ahora su cuerpo se tornó activo y expectante, excitado por las espera mayúscula de toda su vida, como aguardando anticipadamente una sequía en tiempos de evidentes lluvias.
Esa noche el firmamento se observaba sereno. Las grandes luces parecían interrumpirse por pequeños y rojizos encendidos a lo lejos, más allá de la selva. No podía distinguirlos si no paraba a observar detenidamente tales accidentes. Pero no suspendió, y galopó sobre la vegetación como nunca más podría volver a hacerlo. Sus sueltos y extendidos brazos, ahora asediados por extrañas y lejanas luminarias, se contraían hacia su pecho. La noche se tornaba cada vez más pesada, y las estrellas, más inquietas. Lo que ocurría no se acercaba para nada a lo que se esperaba, ni a las conocidas historias sobre robustos, cuernudos y rubios de antaño. No. Pero él solo perseguía sus sueños ahora. Le hablaban. Las plantas, los riachuelos, las fieras sueltas, y el mismo viento que ya se despedía.
Numerosos ramilletes a manotazos rápidos arrancados, grandes piedras con hábiles saltos sobrepasadas y cuidadosos alaridos que espantaban a las bestias; todo por la marcha. Finalmente, sintió la fina arena. Sus pies disimularon el regocijo y el recelo a la vez por aquel distorsionado y caótico espectáculo que manchaba la oscuridad del océano al frente. Sorprendido e impactado, se encogió y cubrió tras la espesa vegetación. Observaba aquello. Sobre el agua le parecía ver algo que manchaba la oscuridad. Enorme, amenazaba a las olas a su alrededor, las cortaba, y avanzaba lentamente hacia la orilla cercana. Era una nueva oscuridad pero ahora impenetrable. Nada podía proyectarse más allá de aquello.
Las luces extrañas provenían desde allí, y se desplazaban de un lado a otro. La gran mancha que dominaba las aguas ahora poco se tambaleaba cerca de la orilla, y las pequeñas candelas bramaban absurdos sonidos. Él observaba. Pensaba en sus tierras, en sus cielos. Pensaba en sus sueños, el de hoy. Y no lograba comprender del todo los significados que la tierra le enviaba y que las estrellas, inquietas, no podían transmitirle directamente. Estaba solo, y esperaba el momento con el cual todo comenzaría a tener explicación para él. Sí, y ese momento se precipitó sin previo aviso. Rígido. Estaba ya amaneciendo, y los rayos del Sol vencían elegantes a las últimas opacidades del entorno. Las luces extrañas se transformaron paulatinamente en otras figuras, ahora blanqueadas, cargadas con extraños ropajes y artefactos. Una de ellas, altiba, bajó de la magnífica cosa flotante en el océano y puso un pie en la fina arena. Y tocó. Contactó con los inmaculados suelos. Escondido tras los árboles, nada más y nada menos que por su incapacidad como ser mortal, supo que solo en algo podía estar seguro. Que ya no estaba solo, y que en el preciso instante del fatídico y fantástico contacto, el mundo tal cual lo conocía había comenzado a cambiar. Sí, el mundo ya había cambiado para siempre, y por sus sueños.


PS: El presente cuento se encuentra publicado también en el blog de mi amigo Jesús. Por favor visitar, pues hace eco de la (posible) temática interpretada en este cuento. Les dejo el link a continuación. Saludos =) .