15-06-2011

~ La guerra de los niños ~

Y vi salir de la espesura del bosque a un montón de niños que se dirigían ágiles y gritando hacia el frente de batalla que, sin embargo, no los esperaba. Fríamente olvidados, los pequeños portaban armas que preparaban para un violento choque frontal contra la engullente masa oscura de incomprensión, allá, en la trinchera, sobrepasando el monte que cubría su presencia. Corrían, gritaban, y entre todo el miedo y la inexperiencia divisé a uno de ellos distinto. Me recordó a aquel infante de batallas ya ganadas aquí, en mis memorias. Él no corría, no gritaba como el resto. Estaba quieto junto a una gran roca, esperando, pensando quizás qué acción realizar. Estaba allí, con su mirada perdida y sus manos como sosteniéndole el rostro, su vida. Sus ojos de oscuro café invitaban hacia una profundidad no compartida, solitaria, nostálgica de momentos a los que no ha logrado aferrarse aún, pues desaparecen. Me parecía que imaginaba un mañana tranquilo consigo mismo, tranquilo de invasores, temores y peligros. Quizás, un mañana tranquilo de fuertes palabras, acciones y castigos. Me pareció que imaginaba quizás otro lenguaje, uno claro, para él. Para él y el resto. Y mantuvo así su semblante. Siguió tal cual, suspirando su alma por ganar un instante de alivio y también, en un momento quizás confundido por mis memorias, dejando entrever a través de su tartamudeo y de su mirada perdida sobre una rayada hoja otoñal aquellas dificultades en su camino, en aquella bélica empresa. Observé cómo se dividía su vida, su infancia, de una de todos a una solo suya. Un campo de batalla se alzaba en medio y le mezclaba sus alegrías, sus temores, los suspiros y más llantos. Y su semblante ahora si que cambió.
Me mantuve observándolo, expectante. Se había unido a la manada. Las hojas de otoño los delataban,  los confundían y distraían. Claro, jugar no era lo propicio ahora, pensé. El cielo nublado, el bosque espeso, el lago profundo y la nieblina sosegada eran la tónica cada vez que la guerra se abalanzaba. Pero por más intentos fallidos, la guerra no se detendría por ellos, por nosotros. No, la guerra no nos pertenece y no tenemos derecho a definirla. No podemos hablar. Pero aquí seguimos. Y nos hablamos.
Siguiendo la estrategia, los disparos comenzaron. Rasgaban los cielos, y el bosque rugía por el arañazo de las bestias en pugna. Todos seguimos al frente, pasara lo que pasara. Hoy tenían que caer, sí o sí. Nos dividimos para intentar abatir a la cabeza del enemigo, el comandante. Avanzamos. Disparamos. Vi caer a mis aliados, los niños. Por el costado del monte, arrastrándome silencioso, repté por entre las rocas y me acerqué poco a poco a mi objetivo. Allí estaba, cubierto de uniforme, armado y ordenando. Explosiones. Deben ser las granadas. Ya han comenzado con la segunda parte del plan. Rápido. Piensa. Dejo la ametralladora en el cojín de hojas, cuidadosamente. Me expongo al dar un paso, lo acomodo, ahora saco la pistola, jalo el seguro, presiono fuerte mi mano y me lanzo hacia adelante como si con ello se me fuese la vida por completo. Apunto directamente a su cabeza. Tiemblo. Voltéate. Así lo hizo, y así fue como me di cuenta quién era. El comandante era yo. Boom. Un disparo.
Entre tantas balas, no sé si aquella que salió de su pistola fue a parar a los cielos o a su cabeza. Sólo sé que la guerra de los pequeños comenzaba a pintarrajear de fondo el decaimiento de muchas inocencias. La fantasía invertida de aquella guerra, que evidencié, no podía ser detenida por ellos, no. Pero los hería. Y me acerqué sigilosamente a ver qué había sucedido con el niño de mirada profunda y solitaria, y para comunicar a su famila quizás una lamentable noticia que podrían ellos haber impedido.


Nota: La autora de la imagen es Susana Campos. En la fotografía se observa a mi pequeño sobrino, contemplando quizás la vida, su vida, o quizás qué cosas. Vamos, subjetivamente digo... :D