19-03-2009

~ ... 8, 7, 6, 5. ~


La despliego cuidadosamente y comienzo a buscar. Recordaba haberla puesto junto al montón de papeles ocultos en el compartimento inferior en el centro. Saco todo, y voy discriminando rápidamente los cachureos interiores, pasando por tarjetas amistosas, una carta ya superada y dos fotografías significativas. La primera de estas era una de ella, que me entregó el último día antes de marcharse. Se mostraba muy joven, reflejo único de los días que pasábamos juntos persiguiéndonos. No lo olvido. La segunda era una imagen que me revolucionaba internamente, como si se tratara de alcanzar aquello en la distancia, lo anhelado, aun a pesar de ciegamente no ver el evidente fracaso: era una foto de mi infancia. Tenía alrededor de cinco años en ella, pero no recuerdo muy bien nada de aquel tiempo. Es extraño, triste, no poder memorar los momentos que tanta nostalgia traen cada día a tus experiencias. Siguen ahí, saltando, pero los he escondido lejos de mi memoria cercana. Decidí hacerlo.
Me encontraba sentado observando al parecer mis pies, lo que no me convencía más que la posibilidad de estar perdido en la arena. Quizás qué observaba. No lo recuerdo, ni siquiera a quien me sacó la foto en aquel amado lugar. ¿Por qué no miraba a la cámara? Me encontraba de espaldas, distraído tal vez, y seguía sin recordar detalle alguno de ese instante. Lo que sí recuerdo es la sensación del mar, el cómo la brisa mantenía fresco mi cuerpo, movía mis cabellos frágiles y me invitaba a cerrar mis ojos lentamente: sentía volar, sentía perderme en el viento fantástico. Aun cuando me aferraba cada vez a la tierra palpando la madera, mis emociones se elevaban con las gaviotas por entre las nubes, y se movían dulces y bellas dando giros y embelleciendo las caídas en picada desde lo alto para detenerse rápido y ascender, ascender cada vez más, llenándome, purificándome, acompañándome totalmente en mi pequeña soledad. Aquella playa de mis recuerdos nunca me abandonó, pero no podía alcanzar los momentos de antaño, aquellos de las historias, aquellos por los que muchos se ríen o terminan cabizbajos, aquellos de los que decidí huir un día. Sí, los abandoné. Y lo hice por que los amaba. Lo hice por que no podía volver a ellos. Lo hice por que la inocencia de la realidad estaba ya perdida, y mis ojos, apenados ya de observar la infinidad reinante, lo opacaron todo.
Me encontraba solo, frente al mar, con las olas rompiendo en las rocas, y las aves sonando armoniosas. No sé si lo invento o no, pero las emociones me acompañan. No puedo recordar lo concreto, el momento. Pero me basta sentir. Sí, sentir esto y aquello, y junto a mi mente recrear una tarde ya desvanecida por los años, revivirla, atesorarla y hacerla brotar dentro de mí, como nuevas energías, para un par de nuevos días. Sí, eso.
Y en mi habitación solo, continúo el intento de justificarme en el pasado. Sin darme cuenta observo nuevamente la foto, con mis ojos húmedos, mis manos temblorosas y mi sonrisa quebrada. Pareciera que llueve ahora, pero no fue así antes. Por que al escuchar el sonido de la cámara me doy la vuelta, distraído, y pierdo de vista al bicho bajo las arenas. Ya no sé donde se habrá metido. Se ha zambullido y quizás ha vuelto camino a casa. Bajo, y busco ahora con mis manos. Desordeno la arena, pero nada. Y al pararme, e intentar decir palabra alguna, mis ojos son tapados por tus dos reconocibles manos. Las saqué de mi rostro alegre, me voltee, y te abracé amando tu compañía siempre ausente. Tu, aquel día a mis cinco años…


Nota: Este cuento se relaciona con "1, 2, 3... 4.", sus ideas, imágenes e idéntica nostalgia.

17-03-2009

~ El hombre sin nombre ~ (Por Ale A)


Hombre le decían
Pues nombre no tenía
De voz quebrantada
Con su autoestima baja
Y la cabeza agachada
Cuentan que por ahí le vieron
Caminando en el silencio,
Donde las almas no penan
Y donde el viento no sopla.
Donde las voces del subconsciente
Le condenan a seguir vagando
Y donde su propio yo
Le habla para llamarlo;
Pero no sabe cómo
Pues no tiene nombre
Y esto le pesa al hombre,
El no saber cómo se llama
Ni saber quién dentro de él se esconde
Aunque bien cierto día
Un secreto le revelaron:
Hombre, quítate tu disfraz
Que te tapa el rostro,
Quítalo antes de amanecer
Pues fíjate que el hombre
No vale por su disfraz,
Sino que por su nombre
…luego busca la identidad
Que dentro de ti se esconde
Y a ella ponle tu nombre.


Escrito por Alejandra Ávalos, bella amiga, a sus 16 años.

15-03-2009

~ 1, 2, 3... 4. ~


Mis tres grandes hermanos. Muchas fotos habían en la caja, pero sin duda las que más me intrigaban eran las de ellos tres haciendo cada tontera juntos. Eran pocas ocasiones en las cuales las reuniones familiares daban el paso para una de aquellas aventuras lejanas que tanto agradaban a los viejos y jóvenes de su generación. Claro, personas como yo no pueden recordar bien esas cosas, ni siquiera comprenderlas del todo. Pero suelo preguntar bastante. Mas en el momento cuando me encuentro solo con sus imágenes, recreo las respuestas. Qué curiosas. Siempre me he cuestionado el por qué yo nunca tuve tal cantidad de fotografías. Seguramente habrá pasado algo que lo impidiera. Tal vez no. Tal vez fue el cambio de casa. Y poco a poco voy observándolas, entretejiendo los fragmentos que tengo en mi mente y soñando los momentos únicos que debieron pasar juntos los tres. Qué envidia. Lo poco que recuerdo de aquellos años no lo recuerdo junto a ellos. Quizá por qué será. Sí, son muy lejanos.
Aquel invierno. Corrían los tres por debajo de la mesa haciendo tambalear sus patas y casi logrando volcar un vaso de agua que se servía mi abuela. Continuaron corriendo, no haciendo caso alguno de la histeria de mamá. Ocho, diez, doce. Juntos revivían el desorden cada vez, cada nuevo día. Afuera hacía frío, pero estaban bien abrigados. Nunca les faltó aquello. La hora de almuerzo ya se había esfumado, y todos perdieron sus miradas en el exterior, en la cocina, en el fútbol por el televisor. Ellos proseguían. Sus bananos llenos de bolitas resonaban con cada uno de sus saltos por entre el barro y las plantas. Cuidado! Se cayeron algunas, se pelearon por ellas, rieron, empujaron, gritaron, callaron, rieron, caminaron. Persiguieron al ya viejo perro que descansaba bajo la ventana, luego de despertarlo con continuos tirones y zamarreos. Kasán, Kasán, le llamaban juntos. Lento, se movía muy lento. Lo sobrepasaron y se olvidaron de él por un momento. Subieron a la negra reja y le gritaron al chico Juan, su amigo, que se acercara. Probablemente volvía de comprar. Sonrieron. Carcajadas, juntos. Bajaron, corrieron nuevamente, saltaron los maceteros, evitaron al perro perplejo, y se detuvieron en seco frente a papá que los esperaba. Papá… aquel hombre. Es él el que los detuvo. Una mirada y un par de palabras bastaron para que se terminara el ruidoso jueguito. Fumaba en aquel entonces. A ellos no les gustaba el humo del cigarro que se expandía a su alrededor. Se alejaron poco a poco intranquilos. Papá logró retener a uno de los tres, mientras los otros escapaban hacia la reja eufóricos, asustados. Papá se dirigió hacia ellos sosteniendo al cautivo entre sus brazos, y Lo besó y abrazó, una y otra vez. Y en ese momento comenzó a chispear. Aquella tarde llovió bastante fuerte. Hacía frío. Mucho, lo recuerdo. Detrás de papá se encontraba mamá. Esta sostenía fuertemente con su mano izquierda el chaleco de papá. Y se volvieron a reunir subiéndose a la reja los tres, y mirando hacia el cielo esperaron a por las gotas de lluvia que cayeran sobre sus rostros. Mamá los llamó a entrar. Sostenía una sonrisa triste cuando los veía de esa manera juntos. Los tres eran felices.
Lo recuerdo. Aquella tarde mamá salió al patio a buscar a los desordenados que se divertían despreocupados, sin tomar en cuenta ya el hecho de haber sido reprendidos el día anterior. Ahora buscaban la nieve. Sí, nevó aquella tarde, como casi nunca ocurrió posteriormente. Mamá me sostenía y me mantenía asegurado del frío exterior junto a sus cálidos brazos. Claro, lo recuerdo. Era el cuarto. Los vi aquella vez juntos, sonriendo, saltando y dando vueltas alrededor de los charcos que salpicaban, mientras los copos de nieve blancos adornaban el jardín y sus cabezas. Nos miraron, a mamá y a mí. Nos sonrieron alegres. Y corrieron luego rodeándonos a ambos. Qué lejanos días. Pude verlos esa vez, pero nunca pertenecí a sus historias. Solo las fotos quedan de los tres; en algunas desobedientes sin control y en otras preocupados hermanos por el menor. Solo eso. Lejanos míos que no son más que anhelos en mis recuerdos. Los tres, siempre los tres.

Nota: Cuento editado. Algunas palabras fueron cambiadas, mas nada muy significativo.