24-07-2009

~ Alejandro x Valentina ~

*Cuento modificado. Algunas palabras o frases han sido cambiadas o agregadas*


I Uno I

Por que no podemos ya estar juntos. Por que no estaremos más después de hoy el uno cerca del otro. Por eso me paré, tomé mi libro, mi bolso, mi chaqueta, y me apresuré en el pasillo pidiendo permiso, saliendo cuando el pito casi terminaba y la luz roja casi se apagaba. Salí casi cuando partía mi tren. Salí, y al momento de bajar di cuenta de que el marcador de páginas de Mafalda, hermosa tira roja de papel, se me había caído en el impulso.
Algunos se despedían tristes mirando sus rostros en la ventana, algunos permanecían sonriendo al aire, otros no prestaban atención a la situación y conversaban ensimismados en sus palabras y sus miradas mientras el tren iniciaba su trayecto lentamente. Tú caminabas marcando bien cada paso, cabeza agacha, en dirección a la salida de la estación de trenes. Así te vi al bajar, de espaldas a mí y yo sin saber qué hacer. No sabía cómo presentarme ante ti y explicarte lo que había hecho. No podría. Así no podría. Alimenté una idea fugaz en mi cabeza desde el preciso instante en que apareció dentro de mis ideas una posibilidad. Sí, no lo dudé ningún segundo. Corrí, sin parar. Pero no hacia ti. Contuve los ánimos que tenía de estrecharte y corrí hacia la salida intentando que no atendieras a mi presencia. Me alejé lo más posible, por entre las personas me escondí, y salí sin llamar atención alguna hacia fuera antes que tú lo hicieras. Segundos antes. Ordené un poco mi apariencia, revisando los retoques de mi pelo, de mi chaleco y de mis anteojos. Luego, me quedé inmóvil cerca de la entrada a la estación, a un costado de la estatua de arte postmoderno que adornaba la panorámica. Esperé a que salieras para reencontrarnos.

II Dos II

Salías de la estación cerca de las diez de la mañana. Era un bonito día, nublado y cálido. Al verme quedaste pasmada, y yo sin aliento. Estaba todo bien conmigo por lo menos. Te miré, y te encontré bella entre la muchedumbre que se abalanzaba hacia el exterior. Me acerqué y me presenté. Alejandro, te dije. Mucho gusto, señorita. Tomé tu mano y la besé. Tomé tu mentón y te besé en la mejilla. Pasaba por aquí y esperaba que alguien me recibiera cálidamente en mi regreso al país. Hace años que no recorro estas calles. Al ver que no había nadie me he sentido en la libertad de elegir mi acompañante, y qué más adecuada decisión que esta estupenda mujer que reluce. ¿Qué piensas? ¿Tienes algún tiempo para este caballero? Me gustaría pasear. Podríamos ir a tomarnos un café para explicarte más tranquilo toda la historia. Yo invito.
Parecías muy callada al principio, ni siquiera conocía tu nombre, pero en cierta manera tu presencia era muy acogedora. Acordamos ir a tomarnos un café a Huérfanos, y ver allí qué lugar gustaríamos visitar más tarde. Te conté los motivos de mi regreso a Chile luego de diez largos años, y de todo lo que me sorprendí al bajar en la estación y ver los cambios producidos en el lugar que memoraba. Permaneceré solo un mes acá, luego regresaré a Estocolmo a continuar mis estudios y mi vida. Pasaré este mes junto a mi familia que no veo desde que me fui a Europa. Será un tiempo confortable, familiar. Increíble. En ese momento me dijiste tu nombre: Valentina. Sonreíste. Yo también lo hice, y me preguntaste luego acerca de la capital en donde vivía, que qué tal era todo allá. Es muy bonita, te dije. Te conté de sus hermosos lugares urbanos durante la noche, con sus luces y canales de fondo, y de lo pacífico que era caminar por la orilla de la luna a tus pies, con personas y luminarias alrededor. Te hablé del buen café que preparaban en mi barrio, de sus lugares turísticos como el hermoso Museo Nórdico, y de mi anécdota con mi bicicleta y de los dos tipos que me la robaron. Cada vez te soltabas más conversándome de mí y al rato ya se había relajado todo y hablabas de ti. Alejandro y Valentina, suena bonito.
Estuvimos alrededor de dos horas dentro del café. Nos entretuvimos contándonos cosas de cada uno, conociendo partes muy curiosas y divertidas de los dos. Historias puras. Me dijiste que ansiabas viajar alguna vez por Europa, y que los Países Bajos serían un destino seguro si lo llegabas a hacer. Claro, hasta podríamos reencontrarnos ahí si vas un día. ¿Cómo sabes? Sería genial, divertido, toda una experiencia. Yo sería el que te reclutaría, para devolverte el favor. ¿No piensas lo mismo? ¿Prometes visitarme si llegas a ir? Me diste tu dirección y número telefónico y yo, mis datos respectivos. Quedamos en avisar si uno de los dos viajaba alguna vez a Santiago o Ámsterdam. Nos juntaríamos ahí. De seguro andaríamos por cada rincón de la ciudad, revolucionando los boulevards.
Durante la tarde caminamos buscando un lugar dónde almorzar. Seguíamos conversando. Fuimos a un lugar de comida japonesa, la cual extrañamente nunca había probado. Estuvo exquisita. No nos quedamos mucho rato. Salimos, no sin antes proponer la idea de escaparnos sin pagar la comida, riéndonos. Nos propusimos ir a un parque. El San Borja fue nuestro destino. Qué recuerdos. Paseamos, jugamos en los columpios, y me perseguiste intentando quitarme tu bufanda morada que había puesto sobre mi cabeza, rodeándola. Rodamos por el pasto balbuceando al cielo solo incomprensiones, nos mareamos y fingimos nuestra muerte súbita. Qué mal actriz eres. Definitivamente no te contrataría ni para un comercial. Intentaste ahorcarme con tu bufanda, cariñosamente. Nos paramos, caminamos. Parecías emocionada de estar viviendo una locura como esa. Yo igual.
De ahí fuimos al Bellas Artes. Casi nos echa un guardia por ponernos a correr y a reír por las escaleras silenciosas del lugar. Qué desordenada eres. Buenas exposiciones. Salimos y nos pusimos a leer cada nombre de los árboles en el Forestal. Aquí y allá. Qué bonito paseo. ¿Cuál es este? Veamos. Nos recostamos, miramos las nubes moverse poco a poco y las aves revolotear y cantar. Oye Valentina, ¿qué pensaste cuando viste a un extraño como yo acercarse a ti y proponerte que lo acompañaras en su regreso a Santiago? Me dijiste que pensabas que era un psicópata de los malos. Pero que no comprobarías aquello si no intentabas vivir esa situación. Qué mentira, jaja. De todas formas eres muy buena para gritar, así que los ciudadanos chilenos seguramente te hubieran salvado de la muerte. Risas en nuestros ojos. Qué tonteras decíamos. Comenzaba a hacer frío. Hora de abrigarse.
Te abracé. Nos abrazamos. Ahí, en el pasto. Sin importar nada más. Sin preocuparnos por nuestras cosas que estaban tiradas a unos cuantos metros. ¿Y si las roban? Tengo mi sobrevivencia en ese equipaje, mejor las cuidamos. ¿No crees? Dijiste que les pegarías si venían a quitarnos nuestras pertenencias. No lo dudo. Lo harías. ¿Te apetece pasar un divertido momento en un hotel? Pues vamos, a pasar el frío, ¿no? Y partimos juntos.
Antes de dirigirnos en búsqueda de un buen lugar para la noche, paseamos por la estrellada noche santiaguina de luceros urbanos, perdiéndonos entre las calles interiores. Qué romántico todo esto. Como que no encaja bien, pues deberíamos tener un simbolismo mayor entre nosotros para venir aquí, ¿no crees? Te reíste. Sinvergüenza me dijiste. Paseamos rodeando una pileta que había en el lugar. Llegamos a Salvador. Era un bonito espectáculo el de las aguas. Tomamos asiento. Nos divertíamos mirando los chorros salir una y otra vez. Murmurábamos cosas tontas e ironizábamos acerca de la situación romántica de las parejas que apestaban el lugar. Vaya, mira sin pestañear los chorros cuando comienzan a elevarse lentamente. Es genial el efecto. Es cómo “Wuoaaa”, mira inténtalo. Pensaste que estaba loco. Lo hicimos una y otra vez. Wuoaaa. Fue chistoso todo ese momento nocturno. Hermoso. Wuoaaaaaaaaaaa!.
Encontramos un lugar al fin. Decidimos entrar, consultamos y pedimos la habitación 024. Subimos, caminamos, buscamos, entramos. Dejé mi bolso cerca de la entrada, encendí las luces y me dirigí directamente hacia la cama. Me tiré boca abajo, rebotando. Está bastante ideal esto. No tendremos dolores de espalda mañana. Genial. Tomaré un baño. ¿Tú? Bueno, adelante. Te esperaré mientras conozco los detalles de los que disponemos en esta habitación para esta entretenida velada. Picarona. Me paré, escuché cómo el agua comenzaba a caer en la ducha y me imaginé tu cuerpo desnudo, mojado, muy suave. Me acerqué al balcón, y observé la ciudad repleta de estrellas urbanas melancólicas. Qué hermoso cielo, después de todo. Qué hermoso cielo.

Interludio

Y pensar que pronto dejaré de ver esto nuevamente, quizá por cuánto tiempo. Y volveré a la vida que he construido en este tiempo allá. Ámsterdam, qué símbolo de mi madurez. Qué tristeza dejar de pertenecer a un lugar buscando familiarizarse con otro desconocido, tan lejano, de lengua extraña, de tradición curiosa, de formas diferentes. Todo por mí, y por mi bien, por mi tranquilidad. Pero el costo es dejar atrás todo, tu historia hasta hoy. Todo. Dejar atrás a aquellas personas especiales, significativas, de tu vida. Aquellas que le dieron importancias a detalles, a cosas pequeñas, a cosas tontas, dentro de tu día a día. Y aquí estoy. Tratando de salvar todo esto, aunque sea por un momento. Posponerlo como una negación a lo que me espera. Solo por el hecho de que me gustaría llevarme mis memorias concretas junto a mí en el momento en que comienzo a probar cosas distintas. Pero no se puede. No puedo. Por eso tengo que despedirme, como nunca antes lo he hecho, pues será quizás la última vez. La última vez como esta. Sin duda. Lo haré. Terminaré con esto. No lo olvidaré nunca. Es la única forma que tengo para hacerlo, de lo contrario no hubiera podido expresarlo. Y lo sabe, lo comprende. Ella me acompaña en esto. Pues entiende la situación de ambos. Entiende mi camino inevitable a estas alturas.

III Tres III

Abrió la puerta. Se encontraba seca y vestida. No se había duchado. Solo había escuchado atenta pegada a la puerta. Sabía que él se había ido. Lo escuchó salir. Salió del baño. Observó. Caminó hacia la cama. Había un papel amarillo junto a un par de billetes. Lo tomó. Lo leyó. Luego sonrió. Se dirigió hacia el balcón, miró, y cerró el ventanal y las cortinas. Suspiró. El papel amarillo decía esto:

No encontré otra excusa para pasar una tarde más contigo escuchando tu voz. Tenía miedo de proponértelo, y de que aceptaras la tarde incómoda. Fue una gran idea esta, la pasé muy bien, y gracias por alimentar un sueño como el de hoy. Sinceramente te digo ahora lo que no podría haberte dicho antes, a causa del malentendido del momento: ve algún día a visitarme a Ámsterdam si puedes, te recibiré con mucho gusto. Además comprenderás mejor el por qué no pudimos estar más juntos. Me encantaría eso. Atesora los momentos de hoy, recuerda la promesa que hiciste, y sé feliz de cualquier manera. Ahora volveré a mi vida, allá, lejana. Tan distante, pero queridamente amada. Adiós, dejo esta cercanía por un cambio. Ahora quedaré tranquilo, por ti.

De Alejandro para Valentina, su gran amiga y mujer de por vida.

Tomó sus cosas, guardó el papel en su bolsillo, apagó las luces y salió de la habitación. Bajó, y al despedirse del recepcionista este la detuvo y le habló. Señorita, ¿usted es Claudia Salmeron? Sí. Daniel Bascuñán le dejó esto hace un rato. Me pidió que por favor se lo pasara cuando saliera. ¿Habitación 024, cierto? Sí. Era una fotografía, salían dos hombres. Uno de ellos era Daniel. El otro no era un conocido. Ambos tenían buena facha. Sonreían. Dio vuelta la foto, y leyó un pequeño escrito que había. Disculpa, olvidaba entregarte esto y no era recomendable volver. Ya sabes, para no arruinar el final. Decidí darte esta foto donde salgo con él. Te lo dije, no comprenderás esa parte de mi vida hasta que lo conozcas. Lo sabes, así que te esperaré ahí, en Ámsterdam…

17-06-2009

~ 18, XVIII, Dieciocho... 18. ~


No llovía tan fuerte. Caminábamos de regreso a casa por el centro de Santiago, evadiendo a las personas apuradas que buscaban encontrar un refugio o alcanzar su destino con prisa. Yo caminaba tras de ti, viéndote los pies, nada más que tus pies, confiando en el camino que abrirías para mi. Por entre toda la masa de personas siempre encontraba un sendero, un pequeño espacio a un costado del árbol, por detrás de un quiosco, o bajando brevemente de la vereda. Te sostuve de la manga de tu chaleco café durante todo el trayecto, y te asegurabas de que todo fuera bien conmigo mirándome de vez en cuando, de forma fugaz, cuando nos deteníamos esperando a que avanzara el gentío. Luego, todo comenzaba otra vez, y acelerabas el paso que con constancia lograba mantener. Sí, no quería separarme de ti, ni mucho menos quebrar esa travesía de confianza ciega. Mis ojos seguían en tus pies, hasta que tus palabras iluminaban el frío día mientras esperábamos el semáforo.
Aquella mañana sería imposible olvidarla. Tenía diez años, y nuestros padres celebraban su aniversario número veinticuatro. O por lo menos así debería haber sido. Discutían como siempre. Qué aborrecible era esa situación, una rutina exagerada que ya casi parecía estúpida. Comía tostadas, recuerdo, echado en el sillón. Te acercaste, me invitaste a salir y yo corrí a mi pieza a ponerme un gorro, un chaleco y mis zapatillas. Estaba preparado. Iríamos a jugar peleas al centro, me dijiste, y comeríamos algo rápido por ahí. Pasaríamos la tarde fuera de casa escapando del ambiente familiar gastado, molesto y poco acogedor. Crearíamos juntos nuestro momento. Me ayudarías a escapar, eso sí, si yo alguna vez te cedía la mano de la misma manera. Claro, te lo prometí aquella vez, no lo he olvidado, y aun hoy en día lamento no haber cumplido una ilusión como esa. Quién sabe, quizás una oportunidad actual de volvernos a ver pueda resurgir con esa excusa.
Después de la jornada que pasamos juntos, regresábamos. Las seis de la tarde, y la lluvia nos había sorprendido sin protección alguna. No teníamos paraguas, y solo podías contentarte con esquivar ágilmente cada uno de los que se te presentaban para conectarte. Yo miraba perplejo; continuaba siguiendo tus pasos, agarrado a la manga de tu chaleco y de vez en cuando mirando tu cabeza que recibía directamente a la lluvia. Tenía frío, pero mucho más reducido desde que pusiste tu bufanda verde alrededor de mi cuello. Y te detuviste de pronto en una esquina. Te volviste y me miraste. Comenzaste a sonreír y me dijiste si acaso no era divertido mojarse bajo la lluvia, caminar, dar vueltas por el centro. Siempre tan despreocupado de las cosas, me protegías dándome libertad y nuevos puntos de vistas. Siempre fue así. Recuerdo que el viaje a casa se interrumpió por una visita a último momento al cine. No sabíamos qué veríamos, solo sabíamos que iríamos. Corríamos juntos por Huérfanos esta vez tomados de la mano y yo mantenía mi sonrisa mientras las gotas de lluvia golpeaban mi rostro entre el gorro y la bufanda.
Y todo comenzó hace unos momentos, cuando repentinamente mientras caminaba en dirección a la fuente del parque, un niño se me acercó un tanto asustado por detrás y sin aviso alguno se agarró de la manga de mi chaqueta. Me volví, miré su cara de inseguridad, y le devolví una sonrisa. Estaba solo. Le pasé mi paraguas para que se protegiera de la lluvia, tranquilizándolo, y fue en ese instante en que sentí cómo las gotas refrescaban mi memoria. Hermano, cómo olvidar completamente todo aquello. Eran días de gozo, de soledad, de carcajadas y encierros. Eran intensas situaciones, intensas emociones. Y ahora vuelven a mí, cuando observo las luces borrosas desparramadas en el paisaje, y continúan haciéndolo mientras escucho las gracias de la señora que vuelve ahora con su hijo pequeño. Tal como volvíamos nosotros aquel día, ya cansados de jugar, ya cansados de escapar…
El libro que sostenía en mi mano izquierda lo cierro, asegurando la página, y lo guardo dentro de mi chaqueta. El paraguas lo cierro y lo sostengo con la derecha. Camino lento.

28-05-2009

~ Solo bailarines, muchacho ~


Somos humanos, lo sé. Esa es una de las razones de por qué hago todo esto. Creo que pocas cosas en nuestras vidas pueden permanecer inalterables por mucho tiempo. Es muy triste. Todo lo difícilmente construido por las personas es arruinado una y otra vez por nosotros mismos. Ya muchas veces te he dicho que estoy aburrido, desgastado, de tener que soportar todo aquello. Es siempre lo mismo, siempre. A cualquier lugar que vuelva mis ojos veré cómo cruelmente unos son asesinados por el interés benéfico de otros, veré cómo les roban muchas cosas a quienes pocas cosas poseen, veré cómo alguien sufre por no poder estar de la manera que quiere con la persona que ama. Así son las cosas amigo, así lo son y lo sabes. Los asuntos humanos son desilusiones, traiciones, sufrimiento y entre medio algo bonito. Las bombas pasan silenciosas sobre sus cabezas segundos antes de su muerte en la alegría, y la bala que pasó entremedio de los dos árboles en dirección al niño de siete años que jugaba saltando su cuerda frente a su abuela no esperó una reacción evasiva alguna. Simplemente cayó en seco al suelo. Pobres personas, no están involucrados, pero así son las consecuencias de nuestra existencia. Despiadadas, no les importa el resto. Así son nuestros actos, despreocupados, hacemos las cosas por unos pocos, por nosotros y ellos, y no por todos. Nunca por todos. Pues es algo imposible aquello. A lo más nos movemos por grandes ilusiones que nos lleven a concretar el deseo de un grupo. Un nuevo grupo, eso es. La sociedad en sí es algo imposible, una ilusión inventada desde un principio para poder soportarla tal horrenda como es. La sociedad es crueldad amigo mío. Durante estos largos años he luchado por construir y lo he logrado orgullosamente. Son hermosos momentos. Pero la sociedad global está manchada por el espíritu negativo del destrozo de nuestra propia belleza, pues como seres humanos no pensamos para “La Sociedad Humana”. Simplemente creemos ser parte de ella. Creemos en la existencia de maneras que nos lleven a la equidad. Qué ironía. Qué mentira. La más grande de todas. La fantasía más aterrizada. Un día basta para echar a perder el proyecto que un grupo se propuso durante muchos años. ¡Un día amigo! Solo uno y bastó. Tú lo sabes. Tú entiendes mucho. Me conoces.
Advertí la mentira a mi alrededor, la violenta verdad de la humanidad, y ya no resistiré más frente a ella. Intenté creer en algo aun estando en el caos esencial que provocó darme cuenta de la realidad, pero comprobé con el tiempo que no sirve de nada. Tan traumática es la verdad que nos envuelve que aun sabiéndola intenté escapar de ella poniendo fe en una solución, en una nueva ilusión. Es un círculo vicioso amigo mío. Y sabes cómo soy, quiero salir de donde muchos se encuentran. Así soy, y lo cumpliré. Saldré aunque signifique ir a la nada. Seré nada. Me excluiré del monótono baile que desde un principio nos dijeron que haría sentir bien a todos si lográbamos realizarlo. Soy humano, y no un bailarín. Soy humano, y no una coreografía prediseñada. Si no me agrada me retiro. Así como lo hacen muchos, tal cual, creando bellezas o cruelmente destruyendo. Pero así es. El problema de la sociedad es que todos somos humanos y no los bailarines que creemos ser. Todos buscamos concretar nuestra propia coreografía, pero siempre habrá a quienes no les guste, y lucharán contra nuestras formas e impondrán otras. Claro, eso somos. Humanos. Si comprendes en su totalidad lo que conlleva ser uno, lo entenderás. No tengo miedo a decirlo. No me gusta el sueño del baile. Solo sé que me diferencio en la intensidad de mi decisión, pero soy igual que cualquier asesino. Me salgo del esquema por que me molesta algo de él…
Lo único que rescato es que creo haber encontrado la forma de hacer perdurar algo hasta el final. Ese algo se puede lograr con la muerte. No a nivel “social” fantástico, sino a nivel “personal” real. Pues cuando esté en la nada, el recuerdo que te quede de mi persona no podrá ser alterado por cosa mundana alguna. Por nada, sí. Perdurará por siempre la emoción, será lo eterno de tu vida. Será mi gran regalo. La inmortalidad de un sentimiento entre dos personas que viven un momento enriquecedor, a costa de un sacrificio que por sí solo no serviría amigo mío, será lo más perdurable que habré hecho en toda mi vida. Perdóname por la tristeza, pero entremedio de ella se refugiará siempre una ilusión hecha realidad. Luego, vuelve a lo tuyo, demuéstrale ya no a mi persona, por razones obvias, de qué sirve creer. Sobrelleva este regalo eterno, y haz que renazcan flores de él. Vuelve al baile, creyendo aun, y olvídate de todos los que renegaron de una generalidad social por creer en una particularidad humana. Olvídate de mi, menos del sentimiento eterno que te regalé y que nunca se desprenderá. Nunca, ya que no le daré una circunstancia para que se destruya como lo hacen todas las cosas, pues te lo dije… lo volveré eterno.

PD: ¿Podría haber creado otras cosas hermosas a nivel personal? Pues sí, pero recuerda no olvidar lo que te digo: esta es la única manera de que esto no sucumba como todo lo demás. Así lo han hecho los héroes y los mártires, y aun así, socialmente, no han servido de nada…

17-05-2009

~ De piez a cabeza ~


Comienzan arrancándole las piernas brutalmente. La sangre se dispara por el suelo helado como un torrente indomable. Los gritos son como el sonido del mismo infierno, y ya no puedo distinguir entre los de él y los míos. Solo vocifero caos desde mi garganta, y mis sentidos se confunden cada vez que veo frente a mí sus ojos llenos de lágrimas retorcerse de sufrimiento e incomprensión. Esta es mi violenta realidad.
Variadas herramientas utilizan para llevar a cabo sus horrendos actos sobre aquel niño, que vacila entre la preciada conciencia y la cruel mortandad. La sangre se mantiene escurriendo, y su sobriedad comienza a disiparse cada vez más rápidamente. Segundos, son nada más que simples segundos. Luego, vuelven a hacerlo con cada uno de los dedos de sus pequeñas manos. Con un cuchillo. Uno por uno. Un grito cada vez. Más lágrimas, desesperación y locura se dibujan desparramadas como fotografías. Ya no tengo voz para no sentirme impotente. No podría hacer nada más que cerrar mis ojos. Pero si lo hago lo abandono. Y no lo haré. Me quedaré soportándolo, sí. Mientras, terminan con los diez para continuar ahora con sus ojos y sus orejas. Tarde, el niño pareciera ya no reaccionar. Lo hacen por mí. Su sangre sigue saliendo desde sus focos mutilados. Pero ellos no han acabado aun conmigo. Continúan. Faltan sus brazos. Los arrancan lentamente cortándolos con horrendas sierras heladas. Ambos se desprenden. La sangre explota nuevamente. El color de su piel es irreconocible ahora. De pronto su cabeza agachada por la inconciencia es levantada violentamente por uno de los hombres. La mantiene en alto agarrándola desde el pelo. Puedo ver sus ojos desorbitados. No lo creo. El hombre toma un cuchillo y comienza a deslizarlo por su cuello, una y otra vez, mientras se escuchan chirridos entrecortados y gorgoteos aterradores. No sé si toda la sangre que desparramó en esos minutos su cuerpo alcanzó mi rostro. No, ya no puedo recordar tal detalle. Solo veo el rojo fuego por todos lados. Mi alma se encuentra bañada por el sudor del horror y de la tristeza más desagradable. No lo acepto.
Finalmente la amputación se hace efectiva con sus estruendosas risas. Las risas por haber terminado aquel trabajo frente a mí. Las risas por haber asesinado de esa manera a un niño. Hijo mío, no alcanzaste siquiera la brisa de tu noveno cumpleaños. Qué regalo de temporada te he entregado. Perdóname. Mi locura máxima es la prueba. Mi vida. El solo hecho de recordar estas imágenes me arrastra a lo ilógico de la humanidad. De todos. De ellos. Sí, lo lograron. Ya no puedo sobrellevar esto. No puedo volver a mirarte de otra manera que muerto durante las noches. Ya no me dejas en paz. Por eso, por que no aguanto, dejo esto como rastro y me lanzaré. Solo un salto, y listo. Terminaré. Claro, prepararé todo primero en este enfermizo y grisáceo hogar silencioso.

01-05-2009

~ Memorias de una primavera ~

(En estos últimos momentos, frente a él, se me vienen a la cabeza todos sus recuerdos)

Yo era un regalo de parte de ella, y la misma tarde en que él me recibió ellos celebraron juntos su aniversario en casa. Se besaron cerca de mí. Al parecer a él le agradó mucho mi presencia. Dijo algunas cosas mientras me miraba, me acarició un momento, y luego siguió con ella apasionadamente abrazados, conversando, besándose, acariciándose. Ahora se miraban ellos cada vez, olvidándose de mi.
Y así era cada día. Él por la mañana se paseaba por toda la casa, haciendo cosas por uno y otro lado, sin prestarme mayor atención que con sus miradas lejanas de vez en cuando. Esto hasta el momento en que se acercaba a la ventana, en donde me encontraba yo, y junto a su regadera esmeralda me rociaba suavemente con el agua fresca dándome energías. Jugaba un poco con el macetero, acomodando la tierra y, cierto día, me adornó con pequeñas piedras de colores muy hermosas. También puso una flor de plástico naranja cerca de mí, mucho más pequeña obviamente, y la dejo ahí como supuesta compañía. Sin embargo no me acompañaba para nada, y tampoco nos parecíamos las dos. La naranja era de plástico y yo no era para nada falsa para él. Eso me alegraba.
A veces salíamos juntos al patio y me dejaba en una banca, a su lado, mientras él escribía largamente toda la tarde. Yo aprovechaba los rayos del sol para embellecerme. A veces me miraba, sonreía, y continuaba escribiendo. A veces lo llamaba ella, y conversaban unos minutos eternos en donde se demostraban su cariño. La amaba…
Y así fue como poco a poco fui enamorándome de él. Esperaba ansiosamente cada día su presencia. Esperaba desesperadamente que se acercara a atenderme, que su atención estuviera en mí aunque fuese solo por unos minutos. Esos instantes eran solo de él y yo. Ella no se encontraba en medio de nosotros. Él me acariciaba, me miraba, me cuidaba. Y yo cada vez anhelaba más su compañía. Y él, desde que su amada un día partió, anhelaba estar con ella cada segundo adicional que transcurría. Y lloraba junto a mí.
Y lo decidí. Yo no era una persona. No podía abrazarlo como otras veces lo hacía ella. Y cuando lloraba mientras leía sus cartas y veía fotografías, yo me desintegraba por dentro. No podía ayudarlo, no podía hacer nada. Y además me estaba haciendo daño a mi mismo. ¿Cómo olvidaría eso? No podía escapar tampoco de su presencia. Y lo único que se me ocurrió fue sucumbir frente a mi propia condición de flor: marchitarme.
Desde hace días atrás que me abstengo de que mis raíces absorban su agua. Me resisto a aprovechar del todo la luz del sol. Y cada día me siento más y más decaída. Mi hermosura disminuye junto con mi energía vital. Y pronto ya no viviré más para verlo. Estoy muriendo. Y pareciera que a él le apena mi situación. Se pone muy triste cuando me ve así. Pero yo sé que no es por mí. Es por ella, por que lamentablemente existo para él como un recuerdo de ella. Nada más. Y por eso, por que no puedo encaminar lo que siento, estoy dándole este final. El mejor final que puedo darme en mi condición.
Y ahora, a minutos de morir completamente, lo observo. Y él también a mí, llorando. Sigue rociándome con agua y me ha llevado al patio a por los rayos del sol. De lo único que me alegro ahora es de haberlo conocido, y de poder marchitar todas mis emociones. Y si la eternidad o el retorno existiesen, optaría por volver a verlo de otra manera, para que así él también se olvidara por completo de mi semejanza con la naranja falsa.

(La flor se secó mientras ella le decía a él por celular que ya no lo amaba como antes…)

18-04-2009

~ Sábado ~


Hoy es un sábado más. Un recuerdo tuyo más desaparecerá. Es increíble cómo solo en un mes me ha invadido fuertemente la nostalgia de aquellos días. Sí, nuestros días, aquella transición casi imposiblemente hermosa entre nosotros niños y nosotros jóvenes. Y es que te lo he dicho otras veces, que eres el gran portón de bienvenida de mis años adolescentes. Eres la esencia de lo que anhelo y se encuentra lejos, en un nunca volver. Eres la revolución personal más grandiosa que jamás volverá a pasar. Así de hermosa.
Hoy es nuevamente sábado. Yo solo en el departamento no hago más que disfrutar del sueño hasta las once con cincuenta, cuando mi perro se sube en la cama a perturbarme con sus pisadas, sus mordidas y sus lengüetazos. Sigue siendo Nanaki y no otro. ¿Lo recuerdas cierto? Le pusimos el nombre la misma tarde que llegó a mi casa. Fue tu idea. Es él quien espera a por mí durante las noches mientras trabajo, mientras me aventuro, mientras escapo. Es él quien no me dejará nunca. Al contrario, soy yo quien lo abandono cada tarde del sábado por un estúpido capricho, por un muy imbécil respiro. Soy repugnante a veces. Lo sé, pero ni siquiera quiero dejar de serlo. Necesito el respiro como consecuencia de recordarte. Preparo todo para embarcarme de nuevo.
Me levanto, tomo una ducha, me visto, limpio el dormitorio, el living, el comedor, la cocina. Preparo el almuerzo, liviano, rápido, rico. Nanaki se divierte jugando con su hueso. Está gastado, le compraré uno nuevo. Hay buena música de fondo, buen volumen, con trompetas, charangos, acordeones, voz armoniosa. Me sirvo mi plato y un vaso de jugo natural de frutilla. Le sirvo a Nanaki, y lleno su recipiente de agua fresca. Comemos juntos. Continúa la música, los ventanales abiertos y el viento moviendo las cortinas castañas. Oh, sábado. Uno entre muchos otros.
Lavo todo y descanso. Acaricio al perro. Me lame la mano. Leo otro capítulo de mi novela. Luego me arreglo antes de salir. Un poco de perfume. Me despido de Nanaki. Se queda mirándome frente a la puerta hasta el momento de cerrarla frente a sus ojos. Siempre hay un ladrido, como diciéndome “no vayas” una vez más. Bien, sé que son ilusiones mías. Tonteras, soy solo yo quien lo piensa. Y parto.
Hoy me he demorado un poco más de lo normal en engancharme una. Pero lo hice. Con dinero, buena vestimenta, el perfume que me regalaste, y palabras bellas precisas se puede lograr con insistencia envolverte una muchacha. Nos vamos a un hotel, al de la avenida 34 en Sunshine Park, al de siempre, y pedimos la habitación 204. Pasamos horas divirtiéndonos con nuestros cuerpos. Una y otra vez, como dos apasionados enamorados en un reencuentro esplendoroso. Será ella, seré yo, no sé, pero esta vez ha sido distinto. Será por que te mantuve en mi mente todo el tiempo. No te he olvidado. Y continuamos con lo nuestro cada vez, besándonos, acariciándonos, violentándonos con mentiras mutuas que no hacen más que hundirnos en el vacío del eterno retorno a la soledad. Tuve a un cuerpo a merced mía toda la tarde, pero no tuve a alguien para nada como tu. Es lo mismo de siempre. Cerca de la medianoche, mientras supuestamente ambos dormimos ya cansados, me levanto, me arreglo y me voy del hotel silenciosamente. No hubo despedida, ni gestos o palabras algunas. Solo me voy. Sé que no la volveré a ver, como cada sábado. Esa es la ventaja de elegir un lugar tan lejos del hogar. Solo extraños que no requieren de tus historias pasan alrededor tuyo. Eso es lo triste. No les importas para nada. Ni a mi me interesan sus detalles más que sus cuerpos.
Y camino en el frío. Pasan y pasan personas. Entro a un café. Me tomo algo mientras pienso. Pienso, y no puedo dejar de verte en el día en que tuviste que partir. Te fuiste, y dejaste todo en el aire, y se desvanece ahora. Y yo contribuyo a eso. Por eso, en ese mismo momento, salgo fuera y me dirijo al parque. Me siento en una de las bancas y saco tu última fotografía. Es una donde sales a los ocho años vestida de princesa. Es hermosa. Lo sé, por eso comienzo a llorar mientras saco el encendedor y pongo la llama bajo ella. Se quema, poco a poco, y despareces de mi vista tal como aquel día. Una vez más te vas. Te vas. Por mi culpa te vas de nuevo. Yo lo provoqué. Ya no puedo verte, no puedo reconocerte. Con ambas manos me tapo el rostro y me mantengo así durante minutos. Por qué. No aguanto a veces. Ya nada me queda de tu persona. Nada. Muchos sábados han pasado. Muchos recuerdos he desechado. Oh, maldito sábado. Maldita soledad de ti. Hago estas cosas sin entender más que mi propio sufrimiento. Pero no, llegaré a una resolución. Ya no quedará nada. Y podré salir y no recordarte. Podré salir y decir que me he despojado de toda tu esencia. Podré más fácilmente fingirle al mundo que no me importa no tenerte. Solo quedarás en mi interior. Serás mi historia no vivida. Y las veces que sea necesario, me embarcaré cada sábado para borrar un poco más de tu esencia. Volveré, una y otra vez, hasta que sea capaz de buscarte y volver a verte...... o de olvidarte.
Vuelvo, abro la puerta. Nanaki está despierto con su plato bajo sus pies. Mueve su cola. Me ladra.

12-04-2009

~ El habitante de los ojos ~


Al regresar me sorprendieron los cambios. El tipo urbano se hacía notar mucho más que en aquellos años, en donde la escasa intervención en los alrededores era gratificante. Era algo de esperar después de todo. No pude encontrar mi casa. Lógicamente la habían demolido, y ahora se alzaba en su lugar un muy útil minimarket. Que triste cosa es esta, en donde los recuerdos no son útiles más que a quienes les pertenecen e interesan. En este caso era solo yo, quien volvía en búsqueda de un silencioso día lejos del presente.
Recorrí un poco el barrio, caminando lentamente por la avenida central a la cual le habían cambiado su nombre. Era una agradable mañana por suerte. No había muchas personas transitando a esas horas, y de todas maneras la tranquilidad era mayor que la existente en la capital. Por lo menos algo era algo. Aunque la identidad nostálgica de mis mejores años ya no se encontrara conmigo, la inventaría en algún lugar.
Mis pasos me dirigieron a aquel lugar que tantas ansias me provocaba desde niño. Ya estando alejado del pueblo pude encontrar nuevamente el sendero que tantas ilusiones prendió en mí durante mis aventuras de pequeño. Mágicamente podía divisar también al árbol. Sí, aquel enorme que dio inicio a todo en un día cualquiera. Se encontraba allí, en los lindes del bosque, en el sendero protegido de todo, del olvido, del reemplazo, de la destrucción. Se encontraba tal cual antes. Tan alto, majestuoso, bello y misterioso. Un vivo fragmento de la tierra prometida que ha sido arrancada por humanos. Me senté en el lugar, saqué una cajita de mi mochila y abracé su contenido. Observé.
Escapaba de mi padre aquel día. Sabía que vendría a buscarme. Pero no quería verlo por un rato. Corría hacia el bosque llorando, cuando me detuve frente al gran árbol. Me parecía acogedor. Me acerqué al enorme natural que tenía enfrente y me senté bajo sus sombras para tranquilizarme como siempre. Luego, observé alrededor como descubriendo los detalles que habían sido puestos ahí para mi. Me distraía. Todo de un buen verde, iluminado, de suaves sensaciones. Mis lágrimas comenzaron a detenerse y, en cambio, mi sonrisa marcaba cada vez más mi entorno. El pasto, los arbustos, los árboles. Qué bellos cantos los que propiciaron las aves desde lo alto de la frondosa bóveda. Mi entorno en conjunto sumió a mi conciencia en su realidad misma, convirtiéndome en un ente más de su corriente. Pertenecía a ellos ahora. Y comencé a ver claramente la esencia que manaba de sus formas.
Un pequeño hombrecito pisó mi mano de pronto. Sonreía, y se tomaba el bello gorro que le cubría su cabeza mientras saltaba alegre sobre mi brazo derecho. Usaba ropajes bastante peculiares, de tonos extraños, y sus colores se fundían a veces con los del paisaje mismo. Lo rodeaba una extravagante luminaria. No me asustaba, pues la paz que transmitía con cada uno de sus gestos era reconfortante. Me miró en un momento sin parar de sonreír y sacó de sus manos un extraño polvo que dispersó rápidamente por todo el lugar. Todo brillaba como nunca antes. Era de un color dorado, y los rayos del sol creaban formas al reflectar en las partículas de polvo que danzaban sobre mi cabeza. Centauros, unicornios y dragones. Fue un espectáculo para nunca olvidar. Recuerdo que luego, mientras seguía embobado con las formas relucientes, tocó mi nariz con una pequeña hoja, hecha a su propia medida, y me la tendió. La tomé, agradecido de aquel regalo, y en el mismo instante en que hice contacto con ella todo el lugar cambió radicalmente. Como una onda expansiva se repletó de formas inimaginables. Nos observaban. Caminando por entre las ramas, corriendo entre los pastos, flotando de aquí para allá, escondidos algunos detrás de las flores, las piedras, o los arbustos. Pertenecían al bosque, y al igual que el pequeño duende, complementaban con magia la realidad. Lo miré, extrañado, y me devolvió ya no una sonrisa, sino una conmovedora despedida.
Oí mi nombre. Era papá. Sabía donde encontrarme. Me volví y allí estaba, esperándome. Me levanté, sacudí mis pantalones, y caminé lentamente hacia él. Todo se había desvanecido. Antes que mi padre me viera ya se habían esfumado todas mis ilusiones. Ese día volví a casa dándole vueltas al suceso. De ahí en adelante cada vez que volvía a aquel lugar para intentar encontrarme nuevamente al hombrecito del gorro rojo nunca pude lograrlo. Y anhelé ese encuentro el resto de mis días.
Ahora, 20 años después, vuelvo a intentarlo. Mi vida pareciera sucumbir y en momentos tan duros como los que he pasado en este último tiempo todo lo que necesito es una bocanada de mis buenos inocentes recuerdos. Necesito recordar detalles hermosos para volver a confiar en la vida. Y sentado bajo el gran árbol sostengo entre mis manos, envuelta en un suave paño de seda, una hoja muy pequeña y peculiar. Una vez más lo intentaré. La destapo, la toco delicadamente y observo mi alrededor…

04-04-2009

~ Ojos rojos recuérdenme ~


En cierto barrio del este caminaba un niño que sostenía en su mano derecha su globo de rojo color. Caminaba acompañado de las hojas sincronizadas que descendían de los árboles en los alrededores de la avenida Fordcastle, y las observaba ensimismado durante su suspensión otoñal, cuidando de no cometer tropiezo alguno. Le parecían símbolos preciosos de la estación, y él, su globo rojo, las hojas tristes y la revoltosa brisa conformaban el escenario preciso del paseo aquella mañana. Caminaba, miraba a ambos lados, cruzaba, y continuaba. Solo un auto pasó veloz a un costado.
Se dirigía a la plaza. A esas horas de la mañana, en otoño, y con ese frío, no era común ver a muchos niños jugando en el lugar. De hecho estaba solo. Tenía los juegos solo para él y su rojo globo, nadie más. Las hojas seguían cayendo y la brisa refrescando. Corrió de pronto, evitando los charcos de barro, hacia el tobogán azul, subió ágilmente la escalerilla y se deslizó manteniendo sus manos y su globo en alto. No lo soltaba por nada de nada. Era su compañero de juegos. Se divertía. Y volvió a deslizarse en el tobogán, pero esta vez, al llegar al suelo, se quedó recostado de espalda mirando el firmamento y las nubes grises que lo decoraban. Las hojas seguían pasando, esta vez como hermosas manchas improvisadamente perfeccionadas dentro de una brillante pintura. Podía sentir el ambiente rodeándolo. Era muy agradable. Mientras, su globo rojo se mecía una y otra vez interrumpiendo a veces el cuadro natural de su visión placentera. A pesar de esto su amigo le devolvía una sonrisa fiel, amplia, constante. Siempre lo hacía. Eran los dos, y no se separarían.
Se levantó, le habló a rojo, su amigo, y corrieron juntos saltando sobre las pequeñas bancas de la plaza. Una por una, su recorrido formaba un gran círculo. Cuidó siempre de no pisar los charcos, de lo contrario el carrusel se acababa al instante y recibiría un reto de mamá en casa. Cansado, se dirigió al columpio y descansó. Se mecía lentamente ahora, y al observar los árboles con la cabeza firme hacia lo lejano se creaba un mágico efecto que le originaba hormigas en el estómago. Un poco más de vuelo y el efecto aumentaba. La sensación era magnífica, y lo sumía totalmente en el firmamento. Imaginaba sentir la suspensión de las hojas en su cuerpo. Más bellas se volvían estas, que seguían cayendo a su alrededor. No soltaba a su amigo, y lo miró en un momento y le sonreía como siempre. Siguió meciéndose hasta que de manera parsimoniosa todo se detuvo. Bajó y caminó hacia una de las bancas. La limpió de la tierra que él mismo había dejado al pisarla hace un rato atrás. Se sentó y suspiró. Tomó una pequeña rama de árbol que había en el suelo y comenzó a dibujar. Trazó líneas por doquier y escribió además su nombre. Dibujó también a su amigo. Se encontraban volando al lado de muchas aves, juntos. Por lo menos eso es lo que él quería ver.
No obstante la sombra de esa hermosa tarde no olvidaba sus designios ni siquiera por la alegría de aquel niño. Junto con su globo rojo y el otoño continuaron dichosos caminando y conversando por la plaza, de un lado para otro, por entre los árboles, cuando advirtió de pronto una presencia. Paró en seco. Miró a la inmóvil sombra en frente. Se atemorizó un poco. Sostenía aun a su globo de rojo color. No lo dejaría ir. No lo soltaría por nada, pasara lo que pasara. Le agradaba rojo.
Un fuerte sonido envolvió el lugar. Rojo, su amigo, ya no estaba con él. Había desaparecido con el fuerte estruendo. La mano del niño perdía poco a poco su fuerza, y no dejaba de soltar aun el hilo que conducía al alma de su compañero. Y un nuevo estruendo en el oído del infante apareció, dándole vueltas en su frágil cabeza. Soltó completamente el hilo que hace unos segundos atrás pertenecía a su fiel amigo. No solo sus manos y su rostro decaían ahora, sino que todo su cuerpo. De rodillas cayó al frío suelo. La silueta enfrente de él permanecía quieta, preparada. El niño luchaba poco a poco con sus párpados y, mientras, caía hacia un costado. Se desplomó por completo: su cuerpo, su globo, sus juegos y sus sueños. Su hogar, borroso ahora, se veía a lo lejos. Pero el otoño nunca lo abandonó. Las hojas seguían descendiendo a su alrededor, la brisa continuaba jugando con sus cabellos, y el firmamento aparecía más maravilloso que antes, envolviéndolo. Y las lágrimas, antes que la muerte misma, nublaron sus ojos. Ya no veía nada más que un punto exacto en el cielo, entre los árboles y las nubes.
No podía ver a rojo a su lado. No sentía sus manos. No sentía a su amigo. Pero pensaba que no lo abandonaría nunca. Y veía el divino cielo manchado de hojas, y pensaba si quizás alguna vez su compañero subiría tan alto como las nubes. Pensaba si habría hojas que cayeran desde tan alto cielo. Sí, seguramente. Rojo habría subido hacia ellas ahora. Y acabó todo sin ver silueta alguna en frente de él. Solo las hojas teñidas de colores permanecían ahora a su lado. Y seguían cubriéndolo, desde el bello cielo gris de otoño.