18-04-2009

~ Sábado ~


Hoy es un sábado más. Un recuerdo tuyo más desaparecerá. Es increíble cómo solo en un mes me ha invadido fuertemente la nostalgia de aquellos días. Sí, nuestros días, aquella transición casi imposiblemente hermosa entre nosotros niños y nosotros jóvenes. Y es que te lo he dicho otras veces, que eres el gran portón de bienvenida de mis años adolescentes. Eres la esencia de lo que anhelo y se encuentra lejos, en un nunca volver. Eres la revolución personal más grandiosa que jamás volverá a pasar. Así de hermosa.
Hoy es nuevamente sábado. Yo solo en el departamento no hago más que disfrutar del sueño hasta las once con cincuenta, cuando mi perro se sube en la cama a perturbarme con sus pisadas, sus mordidas y sus lengüetazos. Sigue siendo Nanaki y no otro. ¿Lo recuerdas cierto? Le pusimos el nombre la misma tarde que llegó a mi casa. Fue tu idea. Es él quien espera a por mí durante las noches mientras trabajo, mientras me aventuro, mientras escapo. Es él quien no me dejará nunca. Al contrario, soy yo quien lo abandono cada tarde del sábado por un estúpido capricho, por un muy imbécil respiro. Soy repugnante a veces. Lo sé, pero ni siquiera quiero dejar de serlo. Necesito el respiro como consecuencia de recordarte. Preparo todo para embarcarme de nuevo.
Me levanto, tomo una ducha, me visto, limpio el dormitorio, el living, el comedor, la cocina. Preparo el almuerzo, liviano, rápido, rico. Nanaki se divierte jugando con su hueso. Está gastado, le compraré uno nuevo. Hay buena música de fondo, buen volumen, con trompetas, charangos, acordeones, voz armoniosa. Me sirvo mi plato y un vaso de jugo natural de frutilla. Le sirvo a Nanaki, y lleno su recipiente de agua fresca. Comemos juntos. Continúa la música, los ventanales abiertos y el viento moviendo las cortinas castañas. Oh, sábado. Uno entre muchos otros.
Lavo todo y descanso. Acaricio al perro. Me lame la mano. Leo otro capítulo de mi novela. Luego me arreglo antes de salir. Un poco de perfume. Me despido de Nanaki. Se queda mirándome frente a la puerta hasta el momento de cerrarla frente a sus ojos. Siempre hay un ladrido, como diciéndome “no vayas” una vez más. Bien, sé que son ilusiones mías. Tonteras, soy solo yo quien lo piensa. Y parto.
Hoy me he demorado un poco más de lo normal en engancharme una. Pero lo hice. Con dinero, buena vestimenta, el perfume que me regalaste, y palabras bellas precisas se puede lograr con insistencia envolverte una muchacha. Nos vamos a un hotel, al de la avenida 34 en Sunshine Park, al de siempre, y pedimos la habitación 204. Pasamos horas divirtiéndonos con nuestros cuerpos. Una y otra vez, como dos apasionados enamorados en un reencuentro esplendoroso. Será ella, seré yo, no sé, pero esta vez ha sido distinto. Será por que te mantuve en mi mente todo el tiempo. No te he olvidado. Y continuamos con lo nuestro cada vez, besándonos, acariciándonos, violentándonos con mentiras mutuas que no hacen más que hundirnos en el vacío del eterno retorno a la soledad. Tuve a un cuerpo a merced mía toda la tarde, pero no tuve a alguien para nada como tu. Es lo mismo de siempre. Cerca de la medianoche, mientras supuestamente ambos dormimos ya cansados, me levanto, me arreglo y me voy del hotel silenciosamente. No hubo despedida, ni gestos o palabras algunas. Solo me voy. Sé que no la volveré a ver, como cada sábado. Esa es la ventaja de elegir un lugar tan lejos del hogar. Solo extraños que no requieren de tus historias pasan alrededor tuyo. Eso es lo triste. No les importas para nada. Ni a mi me interesan sus detalles más que sus cuerpos.
Y camino en el frío. Pasan y pasan personas. Entro a un café. Me tomo algo mientras pienso. Pienso, y no puedo dejar de verte en el día en que tuviste que partir. Te fuiste, y dejaste todo en el aire, y se desvanece ahora. Y yo contribuyo a eso. Por eso, en ese mismo momento, salgo fuera y me dirijo al parque. Me siento en una de las bancas y saco tu última fotografía. Es una donde sales a los ocho años vestida de princesa. Es hermosa. Lo sé, por eso comienzo a llorar mientras saco el encendedor y pongo la llama bajo ella. Se quema, poco a poco, y despareces de mi vista tal como aquel día. Una vez más te vas. Te vas. Por mi culpa te vas de nuevo. Yo lo provoqué. Ya no puedo verte, no puedo reconocerte. Con ambas manos me tapo el rostro y me mantengo así durante minutos. Por qué. No aguanto a veces. Ya nada me queda de tu persona. Nada. Muchos sábados han pasado. Muchos recuerdos he desechado. Oh, maldito sábado. Maldita soledad de ti. Hago estas cosas sin entender más que mi propio sufrimiento. Pero no, llegaré a una resolución. Ya no quedará nada. Y podré salir y no recordarte. Podré salir y decir que me he despojado de toda tu esencia. Podré más fácilmente fingirle al mundo que no me importa no tenerte. Solo quedarás en mi interior. Serás mi historia no vivida. Y las veces que sea necesario, me embarcaré cada sábado para borrar un poco más de tu esencia. Volveré, una y otra vez, hasta que sea capaz de buscarte y volver a verte...... o de olvidarte.
Vuelvo, abro la puerta. Nanaki está despierto con su plato bajo sus pies. Mueve su cola. Me ladra.

12-04-2009

~ El habitante de los ojos ~


Al regresar me sorprendieron los cambios. El tipo urbano se hacía notar mucho más que en aquellos años, en donde la escasa intervención en los alrededores era gratificante. Era algo de esperar después de todo. No pude encontrar mi casa. Lógicamente la habían demolido, y ahora se alzaba en su lugar un muy útil minimarket. Que triste cosa es esta, en donde los recuerdos no son útiles más que a quienes les pertenecen e interesan. En este caso era solo yo, quien volvía en búsqueda de un silencioso día lejos del presente.
Recorrí un poco el barrio, caminando lentamente por la avenida central a la cual le habían cambiado su nombre. Era una agradable mañana por suerte. No había muchas personas transitando a esas horas, y de todas maneras la tranquilidad era mayor que la existente en la capital. Por lo menos algo era algo. Aunque la identidad nostálgica de mis mejores años ya no se encontrara conmigo, la inventaría en algún lugar.
Mis pasos me dirigieron a aquel lugar que tantas ansias me provocaba desde niño. Ya estando alejado del pueblo pude encontrar nuevamente el sendero que tantas ilusiones prendió en mí durante mis aventuras de pequeño. Mágicamente podía divisar también al árbol. Sí, aquel enorme que dio inicio a todo en un día cualquiera. Se encontraba allí, en los lindes del bosque, en el sendero protegido de todo, del olvido, del reemplazo, de la destrucción. Se encontraba tal cual antes. Tan alto, majestuoso, bello y misterioso. Un vivo fragmento de la tierra prometida que ha sido arrancada por humanos. Me senté en el lugar, saqué una cajita de mi mochila y abracé su contenido. Observé.
Escapaba de mi padre aquel día. Sabía que vendría a buscarme. Pero no quería verlo por un rato. Corría hacia el bosque llorando, cuando me detuve frente al gran árbol. Me parecía acogedor. Me acerqué al enorme natural que tenía enfrente y me senté bajo sus sombras para tranquilizarme como siempre. Luego, observé alrededor como descubriendo los detalles que habían sido puestos ahí para mi. Me distraía. Todo de un buen verde, iluminado, de suaves sensaciones. Mis lágrimas comenzaron a detenerse y, en cambio, mi sonrisa marcaba cada vez más mi entorno. El pasto, los arbustos, los árboles. Qué bellos cantos los que propiciaron las aves desde lo alto de la frondosa bóveda. Mi entorno en conjunto sumió a mi conciencia en su realidad misma, convirtiéndome en un ente más de su corriente. Pertenecía a ellos ahora. Y comencé a ver claramente la esencia que manaba de sus formas.
Un pequeño hombrecito pisó mi mano de pronto. Sonreía, y se tomaba el bello gorro que le cubría su cabeza mientras saltaba alegre sobre mi brazo derecho. Usaba ropajes bastante peculiares, de tonos extraños, y sus colores se fundían a veces con los del paisaje mismo. Lo rodeaba una extravagante luminaria. No me asustaba, pues la paz que transmitía con cada uno de sus gestos era reconfortante. Me miró en un momento sin parar de sonreír y sacó de sus manos un extraño polvo que dispersó rápidamente por todo el lugar. Todo brillaba como nunca antes. Era de un color dorado, y los rayos del sol creaban formas al reflectar en las partículas de polvo que danzaban sobre mi cabeza. Centauros, unicornios y dragones. Fue un espectáculo para nunca olvidar. Recuerdo que luego, mientras seguía embobado con las formas relucientes, tocó mi nariz con una pequeña hoja, hecha a su propia medida, y me la tendió. La tomé, agradecido de aquel regalo, y en el mismo instante en que hice contacto con ella todo el lugar cambió radicalmente. Como una onda expansiva se repletó de formas inimaginables. Nos observaban. Caminando por entre las ramas, corriendo entre los pastos, flotando de aquí para allá, escondidos algunos detrás de las flores, las piedras, o los arbustos. Pertenecían al bosque, y al igual que el pequeño duende, complementaban con magia la realidad. Lo miré, extrañado, y me devolvió ya no una sonrisa, sino una conmovedora despedida.
Oí mi nombre. Era papá. Sabía donde encontrarme. Me volví y allí estaba, esperándome. Me levanté, sacudí mis pantalones, y caminé lentamente hacia él. Todo se había desvanecido. Antes que mi padre me viera ya se habían esfumado todas mis ilusiones. Ese día volví a casa dándole vueltas al suceso. De ahí en adelante cada vez que volvía a aquel lugar para intentar encontrarme nuevamente al hombrecito del gorro rojo nunca pude lograrlo. Y anhelé ese encuentro el resto de mis días.
Ahora, 20 años después, vuelvo a intentarlo. Mi vida pareciera sucumbir y en momentos tan duros como los que he pasado en este último tiempo todo lo que necesito es una bocanada de mis buenos inocentes recuerdos. Necesito recordar detalles hermosos para volver a confiar en la vida. Y sentado bajo el gran árbol sostengo entre mis manos, envuelta en un suave paño de seda, una hoja muy pequeña y peculiar. Una vez más lo intentaré. La destapo, la toco delicadamente y observo mi alrededor…

04-04-2009

~ Ojos rojos recuérdenme ~


En cierto barrio del este caminaba un niño que sostenía en su mano derecha su globo de rojo color. Caminaba acompañado de las hojas sincronizadas que descendían de los árboles en los alrededores de la avenida Fordcastle, y las observaba ensimismado durante su suspensión otoñal, cuidando de no cometer tropiezo alguno. Le parecían símbolos preciosos de la estación, y él, su globo rojo, las hojas tristes y la revoltosa brisa conformaban el escenario preciso del paseo aquella mañana. Caminaba, miraba a ambos lados, cruzaba, y continuaba. Solo un auto pasó veloz a un costado.
Se dirigía a la plaza. A esas horas de la mañana, en otoño, y con ese frío, no era común ver a muchos niños jugando en el lugar. De hecho estaba solo. Tenía los juegos solo para él y su rojo globo, nadie más. Las hojas seguían cayendo y la brisa refrescando. Corrió de pronto, evitando los charcos de barro, hacia el tobogán azul, subió ágilmente la escalerilla y se deslizó manteniendo sus manos y su globo en alto. No lo soltaba por nada de nada. Era su compañero de juegos. Se divertía. Y volvió a deslizarse en el tobogán, pero esta vez, al llegar al suelo, se quedó recostado de espalda mirando el firmamento y las nubes grises que lo decoraban. Las hojas seguían pasando, esta vez como hermosas manchas improvisadamente perfeccionadas dentro de una brillante pintura. Podía sentir el ambiente rodeándolo. Era muy agradable. Mientras, su globo rojo se mecía una y otra vez interrumpiendo a veces el cuadro natural de su visión placentera. A pesar de esto su amigo le devolvía una sonrisa fiel, amplia, constante. Siempre lo hacía. Eran los dos, y no se separarían.
Se levantó, le habló a rojo, su amigo, y corrieron juntos saltando sobre las pequeñas bancas de la plaza. Una por una, su recorrido formaba un gran círculo. Cuidó siempre de no pisar los charcos, de lo contrario el carrusel se acababa al instante y recibiría un reto de mamá en casa. Cansado, se dirigió al columpio y descansó. Se mecía lentamente ahora, y al observar los árboles con la cabeza firme hacia lo lejano se creaba un mágico efecto que le originaba hormigas en el estómago. Un poco más de vuelo y el efecto aumentaba. La sensación era magnífica, y lo sumía totalmente en el firmamento. Imaginaba sentir la suspensión de las hojas en su cuerpo. Más bellas se volvían estas, que seguían cayendo a su alrededor. No soltaba a su amigo, y lo miró en un momento y le sonreía como siempre. Siguió meciéndose hasta que de manera parsimoniosa todo se detuvo. Bajó y caminó hacia una de las bancas. La limpió de la tierra que él mismo había dejado al pisarla hace un rato atrás. Se sentó y suspiró. Tomó una pequeña rama de árbol que había en el suelo y comenzó a dibujar. Trazó líneas por doquier y escribió además su nombre. Dibujó también a su amigo. Se encontraban volando al lado de muchas aves, juntos. Por lo menos eso es lo que él quería ver.
No obstante la sombra de esa hermosa tarde no olvidaba sus designios ni siquiera por la alegría de aquel niño. Junto con su globo rojo y el otoño continuaron dichosos caminando y conversando por la plaza, de un lado para otro, por entre los árboles, cuando advirtió de pronto una presencia. Paró en seco. Miró a la inmóvil sombra en frente. Se atemorizó un poco. Sostenía aun a su globo de rojo color. No lo dejaría ir. No lo soltaría por nada, pasara lo que pasara. Le agradaba rojo.
Un fuerte sonido envolvió el lugar. Rojo, su amigo, ya no estaba con él. Había desaparecido con el fuerte estruendo. La mano del niño perdía poco a poco su fuerza, y no dejaba de soltar aun el hilo que conducía al alma de su compañero. Y un nuevo estruendo en el oído del infante apareció, dándole vueltas en su frágil cabeza. Soltó completamente el hilo que hace unos segundos atrás pertenecía a su fiel amigo. No solo sus manos y su rostro decaían ahora, sino que todo su cuerpo. De rodillas cayó al frío suelo. La silueta enfrente de él permanecía quieta, preparada. El niño luchaba poco a poco con sus párpados y, mientras, caía hacia un costado. Se desplomó por completo: su cuerpo, su globo, sus juegos y sus sueños. Su hogar, borroso ahora, se veía a lo lejos. Pero el otoño nunca lo abandonó. Las hojas seguían descendiendo a su alrededor, la brisa continuaba jugando con sus cabellos, y el firmamento aparecía más maravilloso que antes, envolviéndolo. Y las lágrimas, antes que la muerte misma, nublaron sus ojos. Ya no veía nada más que un punto exacto en el cielo, entre los árboles y las nubes.
No podía ver a rojo a su lado. No sentía sus manos. No sentía a su amigo. Pero pensaba que no lo abandonaría nunca. Y veía el divino cielo manchado de hojas, y pensaba si quizás alguna vez su compañero subiría tan alto como las nubes. Pensaba si habría hojas que cayeran desde tan alto cielo. Sí, seguramente. Rojo habría subido hacia ellas ahora. Y acabó todo sin ver silueta alguna en frente de él. Solo las hojas teñidas de colores permanecían ahora a su lado. Y seguían cubriéndolo, desde el bello cielo gris de otoño.

31-03-2009

~ ¿Realidad ilusoria o irrealidad concreta? ~ (Por Lucas F)


Resignado, cerró el libro. No había caso, no era posible seguir así. Se puso de pie, tomó lo que era necesario de la habitación, su abrigo y se encaminó hacia el lugar que su deseo le señalaba.
Al subir al transporte todo le parecía distinto: las chimeneas humeaban un vaho púrpura que cubría el ambiente; las figuras se presentaban irregulares en la tierra y continuas en el horizonte, de manera que el medio en el que se movía en ese instante le parecía extraño, inabarcable e incomprensible.
"¿Cómo? si yo hago este recorrido todos los días". Luego, miró hacia el asiento junto a él y no había nadie..."Ya no está"- se dijo. El cochero le dijo: "¿seguro que desea ir tan lejos?". "Hasta el mismísimo infierno si es necesario"- respondió. El hablarle a un cochero con una capucha negra casi ni le inmutó, a pesar de que aquello no pertenecía a su realidad cotidiana.
En ese momento, en medio de la neblina púrpura que asediaba la irrealidad de su dimensión, vio un destello, un objeto que brillaba de tal manera que encandilaba a cualquier forma de vida que se atreviera siquiera a vislumbrarlo. Supuso que desprendía mucho calor, pues dejaba una estela incendiaria enorme a su paso, logrando que cada edificio que se situase en su camino maldijese el día de su concepción en el escritorio de algún arquitecto.
De alguna extraña manera reconoció al objeto. Trazó un rápido cálculo mental, como solía hacerlo, de la trayectoria de aquella pira voladora. Comprobó entonces, no sin terror, que se dirigía donde se ubicaba aquel objeto, ese cofre, que contenía lo que lo hacía humano.
"Deténgase"- le refirió suavemente al cochero. "Es imposible"- le respondió- "esto no va a parar jamás. Algunos viajan conmigo hasta el final del trayecto; otros saltan de la carroza y huyen, dependiendo de su suerte al caer". Pensó que su abrigo lo haría planear un par de segundos antes de caer al suelo. Simplemente, saltó, sin mirar atrás.
Al despertar, se sintió un poco atolondrado, pero armado del vigor suficiente para poner a salvo al cofre de una segura destrucción. Perdió a su abrigo en la caída.
Ignorando el frío o las dificultades que se le pudieran presentar, evadió los baches del camino y corrió. Corrió hasta que sus células se alimentaron de anfetaminas autoegeneradas. Finalmente, avistó aquel lugar en donde había depositado lo que el consideraba su tesoro más preciado. Abrió la puerta y allí la vio: se trataba de un ser que cubrió sus pupilas de un extraño júbilo, que no alcanzó a dimensionar o siquiera comprender. Jamás volvió a ver de la misma forma.
Era la musa de la poesía, la ninfa más preciada, el hada de las grutas. Sus ojos se dirigieron a los suyos, ya dañados, y él pudo verla y admirarla claramente. Bastaba ese brillo en su mirada y esa sonrisa inocente para saber que se trataba de aquella persona que jamás creyó ver: la que hallaría ese cofre, el cual modificaba sus tonalidades a azulejos de neón cuando lo tomaba entre sus pequeñas manos.
Lo que él no sabía es que justo en aquel momento el gigantesco proyectil etéreo encandiló a la muchacha, por lo que ella sólo alcanzó a ver su silueta. El calor insoportable le afectaba de sobremanera; él, al darse cuenta, corrió, la tomó entre sus brazos y cogió su intenso y precioso aroma. "Toma el cofre"- le dijo. "Pero no sé quién eres. Vine aquí buscando esta cajita, pero debo saber a quién le pertenece". Mientras hablaba se dio cuenta de que no podía ver con claridad, pues sus palabras se dirigían hacia otra dirección. "Primero debemos huir"- le dijo él finalmente.
Como un relámpago, la tomó y se alejaron de ese lugar. El proyectil impactó directamente en el lugar en el que se encontraba aquella pequeña cajita, la que lo impulsó a realizar las acciones que realizó.
La conmoción, el calor y el estallido terminaron por dejarla inconsciente. Con mucho dolor, comprobó que sus ojos se dañaron. Jamás podría verlo.
Entonces, concentró toda su energía restante, a la que el identificaba con su esencia, y la depositó en el cofre. Ésta adquirió, entonces, tonos rojos y purpúreos, pues al parecer se adaptó a la energía de la muchacha, que distinguía de ese color.
"No sabrás quién soy"- le susurró suavemente, mientras ella permanecía en su estado de inconsciencia. "Estoy plenamente seguro de que esto cuidará de ti" y procedió dejando el cofre sobre su vientre. Fue así como, sin que ella se diera cuenta siquiera, que él le robó un beso de su preciosa boca. Luego, tiernamente la dejó sobre un lecho que fabricó, la besó en la frente y admiró su rostro por última vez, mientras una gota de agua salada recorrió la mejilla de la chica. No estaba cerca el mar y tampoco le pertenecía a ella.
Se puso de pie, deseando que ella abriera el cofre y lo percibiera, entendiera, se pusiera de pie y pudiera verlo. No dio vuelta atrás. No lo sabrá.


Nota: Cuento escrito por el magnánimo amigo Lucas Fernández.

~ Un alma vagabunda ~ ( Por Jesús M)


Un alma vagabunda
Dejaste al irte
Un alma a media oscuridad
Absorta, sangrante
Que lamenta al no encontrarte
No tiene respuesta
A la lógica interrogante
Y lucha sin vida
Para encontrar una salida
Del pozo de herencia
Y me miro con vergüenza
Al verme despreciable
Por tu abandono respetable

Un alma vagabunda
Me siento y entiendo
Que busques nuevos horizontes
Que otorguen
Lo bello que nunca podría yo darte
Comprende y entiende
Que solo soy un caminante
De sueños y anhelos
De tu búsqueda constante
Y te pierdo hasta en sueños
Apaga la luz y hasta luego…


Nota: Canción escrita por Jesús morales, una gran alma amiga.

26-03-2009

~ One coffe, yesterday ~


Mis pies caminan sin saber yo hacia donde. Observo perdido el suelo, levantando a veces mi rostro en intentos fugaces por despertar. Pero ni siquiera deseo hacerlo. Quiero permanecer vacío, pensando en cómo dar el siguiente paso a través de la gente que atraviesa mi piel, y nada más. Nada más, hasta que las luces en la noche resalten atractivas frente a mis ojos. Escenario vivo de recuerdos, me alzo y observo ahora detenidamente mi alrededor. Un café en donde se alcanza a escuchar “i don’t see anybody that dear to me” enciende emociones contenidas fuertemente, y en un segundo, solo en un segundo, siento ganas de mirar hacia atrás. Pero no lo hago, y eso es lo que buscaba. La música parece ahora purificarme al sumirme en un estado de nostalgia, de alegría y tristeza mezcladas. Las personas tras el ventanal de las palabras intermitentes atraen la sensación de la comunidad anhelada, aquella de tus recuerdos, en aquel lugar que amas, y que visualizabas a veces en tus sueños de viajes y metas acordadas. Pero continúo solo, aquí donde decidí llegar, bajo la noche estrellada de historias y luces magníficas y coloridas, confundiendo mi mente tanto como mis ojos ya cansados. Y siguen caminando todos, las luces prendiéndose, emergiendo nuevas melodías, llevándose tragos a sus bocas, besándose los enamorados bajo la fuente central de los deseos y amando, matando, viviendo y odiando. Y como simple sociedad continúa, con concretos e ilusiones. Las luces se apagan.
Suspiro, y trato de descifrar algo en las ondas dibujadas en el agua. Pero no veo otra cosa que el reflejo de donde me encuentro. Hermoso paisaje nocturno que acompaña mis sentimientos, va desordenándose a medida que mis ojos comienzan a nublarse. Y me detengo, muevo mis ojos de un lado a otro y, desesperado, salgo disparado por las calles repletas de personas que no hacen más que remarcar mi extranjera soledad. Miradas ajenas y acogedoras, pasan y me estacan sin control. Y cuando alcanzo al gran puente blanco, disminuyo el paso y me estanco en medio de él para observar el río claramente iluminado de nuevo por los recuerdos. Otro suspiro. Levanto mis brazos, lanzo un grito al aire, y me quedo mirando el firmamento un momento, dándome las gracias por ser y estar como soy y estoy ahora. Tarareo ahora una canción, una de esas que dan magia a los momentos. Nuevamente Fleet Foxes. Y siento suavemente que me tocan el hombro. Doy media vuelta y ahí estaba: era la brisa que envolvía tu cuerpo la que me advirtió. Solo miraste sonriendo casualmente y volviste tu mirada hacia el agua, de espaldas a mí. Los detalles preciosos como aquellos te convierten en un creedor de tonteras y nuevas ilusiones pintadas. Mas, vuelta la tranquilidad y la confianza, me doy cuenta que ni siquiera con la lluvia te has borrado, ni tampoco todos ellos, los de atrás, ni los de ahora, ni los de siempre y nunca, pues son marcas, marcas como tus lágrimas, que nacen y mueren, pero que viven un largo y bello proceso intermedio. Sí, en medio, como aquel que intervine en ese momento. Y es así. Recuerdo tus mejillas húmedas cuando, al hablarte, te volteaste con tu sonrisa sobrepuesta ahora al trago amargo de la soledad, y detuve una de tus gotas a medio camino y la deshice en mis dedos, compartiendo juntos grandes creaciones. Al medio, eso es.
Y ya el tiempo pasa y no se olvida. Se supera y se conoce. Ahora entro al café, les hablo a los caminantes y me aventuro en nuevas historias. Y no olvido, no obstante, insisto, espero a por que las nuevas historias sincronicen con las ya recordadas y me eleven. Así de hermoso es esta caprichosa ilusión no menos útil ni menos hermosa. Y luego me vuelvo solo, otra vez, y camino por estas nuevas rutas, distantes y ahora cercanas.

19-03-2009

~ ... 8, 7, 6, 5. ~


La despliego cuidadosamente y comienzo a buscar. Recordaba haberla puesto junto al montón de papeles ocultos en el compartimento inferior en el centro. Saco todo, y voy discriminando rápidamente los cachureos interiores, pasando por tarjetas amistosas, una carta ya superada y dos fotografías significativas. La primera de estas era una de ella, que me entregó el último día antes de marcharse. Se mostraba muy joven, reflejo único de los días que pasábamos juntos persiguiéndonos. No lo olvido. La segunda era una imagen que me revolucionaba internamente, como si se tratara de alcanzar aquello en la distancia, lo anhelado, aun a pesar de ciegamente no ver el evidente fracaso: era una foto de mi infancia. Tenía alrededor de cinco años en ella, pero no recuerdo muy bien nada de aquel tiempo. Es extraño, triste, no poder memorar los momentos que tanta nostalgia traen cada día a tus experiencias. Siguen ahí, saltando, pero los he escondido lejos de mi memoria cercana. Decidí hacerlo.
Me encontraba sentado observando al parecer mis pies, lo que no me convencía más que la posibilidad de estar perdido en la arena. Quizás qué observaba. No lo recuerdo, ni siquiera a quien me sacó la foto en aquel amado lugar. ¿Por qué no miraba a la cámara? Me encontraba de espaldas, distraído tal vez, y seguía sin recordar detalle alguno de ese instante. Lo que sí recuerdo es la sensación del mar, el cómo la brisa mantenía fresco mi cuerpo, movía mis cabellos frágiles y me invitaba a cerrar mis ojos lentamente: sentía volar, sentía perderme en el viento fantástico. Aun cuando me aferraba cada vez a la tierra palpando la madera, mis emociones se elevaban con las gaviotas por entre las nubes, y se movían dulces y bellas dando giros y embelleciendo las caídas en picada desde lo alto para detenerse rápido y ascender, ascender cada vez más, llenándome, purificándome, acompañándome totalmente en mi pequeña soledad. Aquella playa de mis recuerdos nunca me abandonó, pero no podía alcanzar los momentos de antaño, aquellos de las historias, aquellos por los que muchos se ríen o terminan cabizbajos, aquellos de los que decidí huir un día. Sí, los abandoné. Y lo hice por que los amaba. Lo hice por que no podía volver a ellos. Lo hice por que la inocencia de la realidad estaba ya perdida, y mis ojos, apenados ya de observar la infinidad reinante, lo opacaron todo.
Me encontraba solo, frente al mar, con las olas rompiendo en las rocas, y las aves sonando armoniosas. No sé si lo invento o no, pero las emociones me acompañan. No puedo recordar lo concreto, el momento. Pero me basta sentir. Sí, sentir esto y aquello, y junto a mi mente recrear una tarde ya desvanecida por los años, revivirla, atesorarla y hacerla brotar dentro de mí, como nuevas energías, para un par de nuevos días. Sí, eso.
Y en mi habitación solo, continúo el intento de justificarme en el pasado. Sin darme cuenta observo nuevamente la foto, con mis ojos húmedos, mis manos temblorosas y mi sonrisa quebrada. Pareciera que llueve ahora, pero no fue así antes. Por que al escuchar el sonido de la cámara me doy la vuelta, distraído, y pierdo de vista al bicho bajo las arenas. Ya no sé donde se habrá metido. Se ha zambullido y quizás ha vuelto camino a casa. Bajo, y busco ahora con mis manos. Desordeno la arena, pero nada. Y al pararme, e intentar decir palabra alguna, mis ojos son tapados por tus dos reconocibles manos. Las saqué de mi rostro alegre, me voltee, y te abracé amando tu compañía siempre ausente. Tu, aquel día a mis cinco años…


Nota: Este cuento se relaciona con "1, 2, 3... 4.", sus ideas, imágenes e idéntica nostalgia.

17-03-2009

~ El hombre sin nombre ~ (Por Ale A)


Hombre le decían
Pues nombre no tenía
De voz quebrantada
Con su autoestima baja
Y la cabeza agachada
Cuentan que por ahí le vieron
Caminando en el silencio,
Donde las almas no penan
Y donde el viento no sopla.
Donde las voces del subconsciente
Le condenan a seguir vagando
Y donde su propio yo
Le habla para llamarlo;
Pero no sabe cómo
Pues no tiene nombre
Y esto le pesa al hombre,
El no saber cómo se llama
Ni saber quién dentro de él se esconde
Aunque bien cierto día
Un secreto le revelaron:
Hombre, quítate tu disfraz
Que te tapa el rostro,
Quítalo antes de amanecer
Pues fíjate que el hombre
No vale por su disfraz,
Sino que por su nombre
…luego busca la identidad
Que dentro de ti se esconde
Y a ella ponle tu nombre.


Escrito por Alejandra Ávalos, bella amiga, a sus 16 años.