
Vamos. No te sueltes. Escapemos ahora de esto. Escapemos del remolino de gente entre los quioscos y avancemos sutiles por entre los frágiles espacios que nos evitan el contacto. Sí podremos. Por que somos tu y yo. Por que nada más que luces destellantes recibíamos al salir de noche, cuando al quedar cegados perdíamos el sentido y vagábamos. Vamos, adelante. Por que nada más que sonidos alarmantes escuchábamos cuando, al darnos la vuelta, esperábamos ver algo distinto. Qué más da. Ahora huimos de esto. Y la ciudad va quedando atrás mientras saltamos la banca sin tropezar y caemos a los pastos húmedos. Sonríes. Erguidos continuamos. Por que ya no nos detendremos más aquí. Los recuerdos memorados con cada paso que damos se vuelven plumas que flotan encima de nuestras cabezas y ascienden. Y la sentimos liviana ahora, pues concentramos lo nuestro en lo nuestro. Nada por ahora, más que acelerar el paso. Y de vez en cuando las palabras se vuelven a entrecruzar, y nuestras miradas se enfrentan enérgicas al momento inevitable de observarnos nuevamente. Por que queremos hacerlo. Por que nos queremos. Por que somos tu y yo. Por que cosas extrañas nos llevaron a hablar aquella tarde. Aquel día. ¡Qué día ese! Y el momento álgido que sentíamos en ese instante se paralizó cuando la lluvia se hizo notar más que antes. Nuestros rostros empapados seguían la corriente dispersa de la ciudad, interrumpidos por bocinazos, motores, discusiones. Todo de nuevo. Ahora nos detenía un semáforo. Y paramos en seco. De la mano, nos miramos. Y seguíamos aquí. Todavía en la ciudad. Escapábamos de lo que nos formó desde un día, pero no comprendíamos que mientras quisiéramos a esta sociedad todo esto seguiría ahí. Y nos miramos, soñadores aun, dichosos de haber intentado un escape momentáneo juntos. Nostálgicos después, cuando captamos la negación absurda en nuestra cabezas. Sigamos aquí, con nuestras personas, con nuestros lugares, con nuestros recuerdos. Sí, ellos. Los recuerdos bajaron poco a poco de pronto de entre las nubes y nos dieron un regalo maravilloso. Un millar de plumas nos envolvían ahora, y entre tu y yo no había más que una acogedora esencia. Era la distancia entre nuestros cuerpos manchados de historias. Nuestros ojos brillaban. Y me acerqué a ti, y ya no pensando más en lo que pensábamos dejar atrás, te besé. Y me besaste, y soltaste mi mano para aferrarte ahora de mis hombros. Y te quiero.


